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La Catedral

—Después, Gabriel, ya sabes lo que ocurrió aquí. Se murió tu pobrecuñada, no sabemos de
qué. Fue cosa de pocos días; tal vez de vergüenza,pues murió diciendo que ella era la culpable
de todo. La partía elcorazón ver cómo había quedado tu hermano después del suceso. Siempre
hasido Esteban poco cosa, pero luego de lo de su hija quedó comoimbécil... ¡Ay, muchacho!
También me ha tocado algo a mí. Así como meves, tan alegre, tan satisfecha de vivir, a ratos se
me clava aquí en lafrente el recuerdo de esa infeliz, y como mal y duermo peor, pensandoque
una criatura que al fin lleva mi sangre va perdida por el mundo,sirviendo de juguete a los
hombres, sin que nadie la ampare, como siestuviera sola, como si no tuviese familia.
La señora Tomasa se pasó por los ojos la punta del delantal. Temblaba suvoz, y por sus
mejillas enjutas de vieja caían las lágrimas.
—Tía, usted es muy buena—dijo Gabriel—, pero debía preocuparse más deesa infeliz. Había
que recogerla, que salvarla; traerla aquí.... Hay queser misericordioso con las debilidades ajenas,
y más aún cuando lavíctima es carne nuestra.
—¡Ay, hijo! ¿A quién se lo dices? Mil veces he pensado en esto, pero meda miedo tu
hermano. Es un pedazo de pan, pero se vuelve una fieracuando le hablan de su hija. Aunque la
encontrásemos y se la trajésemos,no querría admitirla. Se indigna como si le propusieran un
sacrilegio.No podría sufrir con calma su presencia en la casa que fue de vuestrospadres. Además,
aunque no lo dice, teme el escándalo de todos losvecinos de las Claverías, que conocen lo
ocurrido. Esto es lo más fácilde arreglar. Ya se cuidarán todos de no abrir la boca estando yo de
pormedio. Pero tu hermano me da miedo. No me atrevo.
—Yo la ayudaré—dijo con firmeza Gabriel—. Busquemos a la chica, y unavez la tengamos,
me encargaré yo de Esteban.
—Dificilillo es encontrarla. Hace tiempo que nada sé de ella. Sin dudalos que la ven se privan
de decirlo por no darnos disgusto. Pero yoaveriguaré.... Veremos, Gabriel... pensaremos en ello.
—¿Y los canónigos? ¿Y el cardenal? ¿No se opondrán a que la pobremuchacha vuelva a las
Claverías?
—¡Bah! La cosa ocurrió hace tiempo y pocos se acuerdan. Además, lamuchacha podemos
llevarla a un convento, para que esté recogidita ytranquila, sin escándalo de nadie.
—No; eso no, tía. Es un remedio cruel. No tenemos derecho para salvar aesa pobre a costa de
su libertad.
—Dices bien—afirmó la vieja tras corta reflexión—-. A mí, esto de losmonjíos nunca me ha
gustado gran cosa. ¿Dónde mejor que al lado de lafamilia, para convertirse con el buen ejemplo?
La traeremos a casa, siestá arrepentida y desea tranquilidad. A la primera que en las
Claveríashable algo de ella, le arranco el moño. Mi yerno tal vez finjaescandalizarse, pero ya le
arreglaré yo la cuenta. Más valiera que nohiciese la vista gorda ante los paseos que Juanito, ese
cadete sobrinode don Sebastián, da por el claustro cuando mi nieta se asoma a lapuerta. El muy
mentecato sueña nada menos que con emparentar con elcardenal y que su hija sea generala. Bien
podía acordarse de la pobreSagrario. En cuanto a don Sebastián, descansa, Gabriel. Nada dirá, si
esque conseguimos traer a la chica. ¿Y por qué había de decir...? Hay quetener caridad con el
semejante, y ellos más que nadie. Porque al fin,créeme, Gabriel... ¡hombres!, ¡nada más que
hombres!
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