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La Catedral

Gabriel vivía en un estado de belicosa excitación. Olvidaba los libros,despreciando su
porvenir: ya no pensaba en cantar misa. ¿Qué leimportaba su carrera viendo a la Iglesia en
peligro y próxima adesvanecerse la poesía soñolienta de los siglos que le había envueltodesde la
cuna como una nube perfumada de incienso viejo y rosasmarchitas...?
Con frecuencia desaparecían alumnos del Seminario, y los catedráticoscontestaban con un
guiño malicioso a las preguntas de los curiosos:
—Están «allá»... con los buenos. No pueden ver con calma lo que ocurre.Cosas de chicos...
calaveradas.
Y las tales calaveradas les hacían sonreír con paternal satisfacción.
Él pensó ser también de los que huían. Creía que el mundo iba aacabarse. En ciertas ciudades
la muchedumbre revolucionaria invadía lostemplos, profanándolos. Aún no mataban a los
sacerdotes, como en otrasrevoluciones, pero los ministros de Dios no podían salir a la calle
contraje talar sin riesgo de ser silbados e insultados. El recuerdo de losarzobispos de Toledo, de
aquellos bravos príncipes eclesiásticosguerreadores e implacables con el infiel, enardecía su
belicosidad. Élnunca había salido de Toledo, de la sombra de la catedral. España leparecía tan
grande como el resto del mundo, y sentía la comezón de veralgo nuevo, de contemplar de cerca
las cosas extraordinarias admiradasen los libros.
Un día besó la mano de su madre, sin conmoverse gran cosa ante eltemblor de la pobre vieja,
casi ciega. El Seminario tenía para él mástiernos recuerdos que la casa de sus padres. Fumó el
último cigarro consus hermanos en el jardín de la catedral, sin revelarles sus propósitos,y por la
noche huyó de Toledo con un escapulario del Corazón de Jesúscosido al chaleco y una hermosa
boina de seda en el bolsillo, de lasconfeccionadas por blancas manos en los conventos de la
ciudad. El hijodel campanero iba con él. Se incorporaron a las partidas insignificantesque corrían
la Mancha, y pasaron después a Valencia y Cataluña, ganososde empresas más importantes para
a causa de Dios y el rey que robarmuías e imponer contribuciones a los ricos.
Gabriel encontró un encanto brutal a aquella existencia errante, siempreen continua alarma,
esperando la proximidad de la tropa. Le habían hechooficial, en atención a sus estudios y a las
cartas en que lerecomendaban algunos prebendados de la Iglesia Primada, lamentando queun
mozo de tanto porvenir teológico fuese a exponer su vida como unsimple sacristán.
Luna gustaba de la existencia libre y sin leyes de la guerra con laavidez de un colegial que
sale de su encierro; pero no podía ocultar ladecepción dolorosa que le producía la vista de
aquellos ejércitos de laFe. Se había imaginado encontrar algo semejante a las
antiguasexpediciones de las Cruzadas: soldados que peleaban por el ideal, quehincaban la rodilla
antes de entrar en combate para que Dios estuvieracon ellos, y por la noche, después de ardientes
plegarias, dormían conel puro sueño del asceta, y se encontraba con rebaños armados indócilesal
pastor, incapaces del fanatismo que corre ciego a la muerte, ganososde que la guerra se
prolongase todo lo posible para mantener laexistencia de holganza errante a costa del país, que
ellos creían la másperfecta; gentes que a la vista del vino, de las hembras o de la riquezase
desbandaban, hambrientas, atrepellando a sus jefes.
Era la antigua vida de horda que surgía en plena civilización; laatávica costumbre de robar el
pan y la mujer ajena con las armas en lamano; el celtíbero espíritu de bandería, de lucha intestina
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