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La Catedral

sabiduría, lo guiaba en sus excursiones por las alturas del templo.Se apoderaban de la llave de
las bóvedas y entraban en este lugarmisterioso, al que únicamente subían los obreros de tarde en
tarde.
La catedral era fea y vulgar vista desde arriba. En sus primeros tiemposhabían quedado las
bóvedas de piedra al descubierto, sin más remate queuna calada barandilla de aéreo aspecto.
Pero las lluvias habíanmaltratado las bóvedas, amenazando destruirlas, y el cabildo cubrió
lacatedral con un techo de pardas tejas, que daba a la Iglesia Primada elaspecto de un almacén o
de una inmensa casa de vecindad. Las pinas delos botareles parecían avergonzadas asomando
sobre la cubierta vulgar;los arbotantes se hundían y desaparecían entre las áridas
construccionesde las dependencias adosadas a la catedral; las torrecillas de lasescaleras se
ocultaban tras aquel lomo de tejas groseras.
Los dos muchachos, resbalando en las cornisas verdosas por las lluvias,seguían los bordes
superiores del edificio. Sus pies se enredaban en lasplantas silvestres que la fecunda Naturaleza
hacía crecer en lasjunturas de los sillares. Bandadas de pájaros escapaban en tropel, alacercarse
ellos, de estos bosques en miniatura. Los relievesescultóricos servían de refugio a los nidos.
Cada oquedad de la piedraera un pequeño lago, donde se depositaba el agua de las lluvias y
veníana beber los pájaros. A veces, en el pináculo de un botarel alzábasealgún avechucho negro
e inmóvil como un inesperado rematearquitectónico. Era un cuervo que se alisaba las alas con el
pico ypermanecía horas enteras al sol: la gente lo veía desde abajo del tamañode una mosca.
Las bóvedas causaban en Gabriel una impresión de extrañeza. Nadie podíaadivinar la
existencia de aquel mundo en lo alto del templo. Cuando añosdespués vio Gabriel las galerías
altas, los «telares» de un escenario,se acordó de las bóvedas de su catedral. Caminaban a través
del bosquede postes carcomidos que sostenía la techumbre, por senderos angostos,entre las
cúpulas de las bóvedas que hinchaban el suelo como blancos ypolvorientos tumores. De vez en
cuando un agujero, por el que se veía elinterior de la catedral, con una profundidad que causaba
vértigos. Eranaspilleras verticales, estrechas bocas de pozo, por cuyo fondo pasabanlas personas
como hormigas sobre las baldosas del templo. Por estosagujeros bajaban las cuerdas de las
grandes lámparas y la cadena doradaque sostiene el Cristo sobre la reja del altar mayor. Tornos
enormesmarcaban en la penumbra sus ruedas dentadas y mohosas, sus manivelas ymaromas,
como olvidados aparatos de tormento. Era la maquinaria ocultade las grandes representaciones
religiosas. Con estos artefactos seizaba el grandioso dosel del Monumento de Semana Santa.
Al deslizarse los rayos del sol entre los postes, danzaban los átomos deaquel polvo que en
capas seculares se extendía sobre las bóvedas.Movíanse al viento, como abanicos de gasa, las
telarañas de muchos años.Los pasos de los visitantes provocaban en los rincones obscuros,
traslos maderos abandonados, carreras precipitadas y locas de los ratones.Aleteaban en los
extremos más sombríos las aves negruzcas que descendíande noche al templo por los agujeros
de la bóveda. Como puntos fosfóricosbrillaban en la obscuridad los ojos de los mochuelos. Los
murciélagos,asustados por la luz, volaban torpemente, rozando con sus alas las carasde los dos
jóvenes.
El hijo del campanero, examinando los excrementos perdidos en el polvo,enumeraba todas las
aves refugiadas en la cúspide de la montaña depiedra. Esto era de búho, lo otro de mochuelo, lo
de más allá de cuervo,y hablaba con respeto de cierto nido de águilas que su padre había vistode
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