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La Catedral

«La Iglesia—se decía Gabriel—envejece cuanto toca. Las riquezaspierden el brillo en sus
manos, como las joyas que caen en poder de losusureros. El diamante se empaña en el seno de la
gran avara; el cuadromás hermoso se ennegrece en sus altares.»
Tras de la visita al Tesoro venía la exhibición del Ochavo, la capillaoctogonal de mármoles
obscuros: panteón de reliquias donde los despojoshumanos más repugnantes, las calaveras de
horrible risa, los brazosmomificados y las vértebras cariadas se mostraban en vasos de plata
yoro. La piedad de otros siglos, crédula y grosera, aparecía tan absurdaal mostrarse en pleno
siglo de descreimiento, que el mismo don Antolín,tan intransigente hablando de las glorias de su
catedral, bajaba la vozy apresuraba la relación al señalar el pedazo de manto de santa
Leocadiacuando se «apareció» al arzobispo de Toledo, comprendiendo lo difícilque era explicar
de qué tela se vestían las apariciones.
Gabriel traducía fielmente la explicación del Vara de plata,recalcándola muchas veces con
irónica gravedad, mientras los canónigosque escoltaban la caravana de forasteros alejábanse
algunos pasos conaire distraído para evitar preguntas.
Un inglés flemático interrumpió un día al intérprete:
—¿Y no tienen ustedes ninguna pluma de las alas de san Miguel?
—No, señor, y es lástima—contestó Luna con igual seriedad—. Pero yala encontrará usted en
otra catedral. Aquí no podemos tenerlo todo.
En la Sala Capitular, mezcla de arquitectura árabe y gótica, admirabanlos visitantes la doble
fila de arzobispos toledanos pintados en lapared con mitras y báculos de oro. Gabriel llamaba la
atención sobre donCerebruno, el prelado medioeval, llamado así por su enorme cabeza. Peroel
guardarropa era lo que mayor asombro producía en los forasteros.
Era una pieza con grandes estanterías y armarios de madera vieja. Porencima de aquéllas, las
paredes estaban cubiertas con grandes cuadrosempolvados y rotos, copias de la pintura flamenca
que el cabildo habíarelegado a aquel rincón. Sobre la estantería se alineaban los antiguossillones
de la casa: unos a la española, austeros, de líneas rectas, condeshilachados rapacejos; otros de
forma griega, con las patas curvas yembutidos de marfil. Las capas y casullas se apilaban en los
estantespor clasificación de tonos, con la esclavina fuera del montón, para quepudieran
admirarse los prodigios del bordado. Todo un mundo defigurillas vivía con la fuerza del color en
unas cuantas pulgadas detela. El arte asombroso de los antiguos bordadores daba a la seda
lasapariencias de vida de la pintura. La esclavina y las tiras de una capabastaban para reproducir
todas las escenas de la creación bíblica o dela Pasión de Jesús. El brocado y la seda
desarrollaban la magnificenciade sus tejidos. Una capa era un jardín de encendidos claveles;
otra, unarriate de rosas o de flores fantásticas de enroscados estambres ypétalos metálicos.
Sacaban los sacristanes de profundos estantes, comosi fuesen libros de tela y madera, los
famosos frontales del altarmayor. Los había especiales para cada fiesta. El de san Juan, alegre
yrisueño como una verbena, con corderos de oro y prietos racimos queacariciaban con sus
manos mantecosas los angelitos gordinflones. Los másantiguos, de tonos suaves y desmayados,
mostraban jardines persas, confontanas azules en las que bebían rojizas bestias.
Los visitantes se aturdían viendo desplegar telas y más telas, todo elpasado de una catedral
que, teniendo millones de renta, empleaba para suembellecimiento ejércitos de bordadores y
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