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La Catedral

IX
Pocos días después del Corpus, una mañana don Antolín fue en busca deGabriel. El Vara de
plata sonreía a Luna, hablándole con aireprotector.
Había pensado en él toda la noche. Le dolía verle inactivo, paseando porel claustro. La falta
de ocupación era lo que le inspiraba aquellasideas tan perversas.
—Vamos a ver—añadió—: ¿te convendría bajar conmigo todas las tardes ala catedral para
enseñar el Tesoro y las demás preciosidades? Vienenmuchos extranjeros que apenas si se dejan
entender cuando me preguntan.Tú conoces su lenguaje: sabes el francés, el inglés y no sé
cuántosidiomas más, según afirma tu hermano. La catedral ganaría mucho pudiendodemostrar a
esos extranjeros que tiene un intérprete a su disposición;tú nos harías un favor y no perderías
nada. Siempre es unentretenimiento ver caras nuevas. En cuanto a recompensa....
Se detuvo aquí don Antolín, rascándose la cabeza por debajo del bonete.Vería de arañar algo
de los fondos de la Obrería; si no era posible enel primer momento, por estar flaca y escurrida la
renta de la Primada,ya se proveería más adelante. Y aguardó con mirada ansiosa la respuestade
Gabriel. Éste mostróse conforme. Al fin era un huésped de lacatedral, y algo la debía. Y desde
aquella tarde bajó al templo a lahora de coro para enseñar a los extranjeros las riquezas de la
iglesia.
Nunca faltaban viajeros que, exhibiendo los papelillos de colores de donAntolín, esperaban el
momento de admirar las alhajas. El Vara de platano veía un extranjero que no se imaginase que
era un lord o un duque,extrañándose muchas veces de su desgarbo en el vestir. Para él, sólo
losgrandes de la tierra podían permitirse el placer de viajar, y abría unosojos escandalizados e
incrédulos cuando Gabriel afirmaba que muchas deaquellas gentes eran zapateros de Londres o
tenderos de París que sedaban en las vacaciones el regalo de una excursión por el antiguo paísde
los moros.
Avanzaban por las naves cinco canónigos con sobrepellices de coro, cadauno con una llave en
la mano. Eran los guardadores del Tesoro. Abríacada cual la cerradura confiada a su custodia,
giraba pesadamente lapuerta y quedaba abierta la capilla con sus antiguas riquezas. Enenormes
vitrinas, como en un museo, se exhibía la vieja opulencia de lacatedral: imágenes de plata
maciza; globos enormes coronados porgraciosas figurillas, todo de precioso metal; arquillas de
marfil decomplicada labor; custodias y viriles de oro; enormes platos dorados yrepujados, con
escenas mitológicas que resucitaban la alegría delpaganismo en aquel rincón sórdido y
polvoriento del templo cristiano.Las piedras preciosas extendían su gama de colores por
pectorales,mitras y mantos de la Virgen. Eran diamantes tan enormes que hacíandudar de su
autenticidad, esmeraldas del tamaño de guijarros, amatistas,topacios y perlas, muchas perlas, a
centenares, a miles, caídas comogranizo sobre las vestiduras de la Virgen, Los forasteros
admirábanseante esta opulencia, deslumbrados por su enormidad, mientras Gabriel,habituado a
la visita diaria, lo miraba todo fríamente. El Tesoro teníaun aire de vetustez lamentable. Las
riquezas habían envejecido con lacatedral. Los diamantes no brillaban, el oro parecía empañado
ypolvoriento, la plata se ennegrecía, las perlas estaban opacas y comomuertas. El humo de los
cirios y el ambiente rancio del templo lo habíanpatinado todo tristemente.
 
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