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La Catedral

por mis faltas? Tú eres un alma deDios, sencilla y buena, y sabes más de esto con tu instinto que
todoslos doctores en Teología.
—¿Usted malo, don Sebastián? ¡Jesús...! Usted es un hombre como losotros: ni más ni menos.
Tal vez mejor que muchos, pues es sencillo,todo de una pieza, sin engaños ni hipocresías.
—Un hombre: tú lo has dicho. Soy un hombre como los demás. Los quellegamos a cierta
altura somos como los santos que están en las fachadasde las iglesias. De abajo, causan
admiración por su hermosura; vistos decerca, producen horror por la fealdad de la piedra roída
por el tiempo.Por más que intentemos santificarnos, poniéndonos a distancia, no somosmás que
hombres; seres de carne flaca para aquellos que nos rodean. Enla Iglesia son contadísimos los
que se libran de las pasiones humanas.¡Y quién sabe si aun esos pocos privilegiados no se
sienten mordidos porel demonio de la vanidad, y al extremar los ascetismos de su vida,piensan
en la gloria de verse en los altares...! El sacerdote que logradominar la carne cae en la avaricia,
que es el vicio eclesiástico porexcelencia. Yo jamás he atesorado por vicio; he ahorrado para los
míos,nunca para mí.
Calló largo rato el prelado; pero en su irresistible afán de confesarsecon la sencilla mujer,
continuó:
—Estoy seguro de que no me despreciará Dios cuando llegue mi hora. Suinfinita misericordia
está por encima de todas las pequeñeces de lavida. ¿Cuál es mi delito? Haber amado a una
mujer, como mi padre amó ami madre; tener hijos, como los tuvieron apóstoles y santos. ¿Y
qué? Elcelibato eclesiástico es una invención de los hombres, un detalle dedisciplina acordado
en los concilios; pero la carne y sus exigencias sonanteriores en muchísimos siglos: datan del
Paraíso. Quien salta estabarrera, no por vicio, sino por pasión irresistible, porque no puedevencer
el impulso de crear una familia y tener una compañera, ése faltaindudablemente a las leyes de la
Iglesia, pero no desobedece a Dios....Al aproximarse la muerte, tengo miedo. Muchas noches
dudo y tiemblo comoun niño.... Yo he servido a Dios a mi modo. En otros tiempos le
hubieradefendido con la espada, peleando contra los herejes; ahora soy susacerdote, y por él
batallo cada vez que veo la impiedad de los tiemposcercenar algo de su gloria. El Señor me
perdonará, recibiéndome en suseno. Tú que eres tan buena, Tomasa, y tienes alma de ángel bajo
tucorteza ruda, ¿no lo crees así...?
La jardinera sonrió, y sus palabras atravesaron con lentitud el silenciode la tarde agonizante.
—Tranquilícese, don Sebastián. Yo he visto muchos santos en esta casa,y valían menos que
usted. Por asegurar su salvación hubiesen abandonadoa los hijos. Por mantener lo que llaman la
pureza del alma habríanrenegado de la familia. Créame usted a mí: aquí no entran
santos;hombres, todos hombres. No hay que arrepentirse de haber seguido elimpulso del
corazón. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y por algonos puso el sentimiento de la familia.
Lo demás, castidad, celibato yotras zarandajas, lo inventaron ustedes para distinguirse del común
delas gentes. Sea usted hombre, don Sebastián, que cuanto más lo sea,resultará más bueno y
mejor lo acogerá el Señor en su gloria.
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