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La Bodega

el tío Antonio,conocido por el apodo de Zarandilla, asomábase
al portalón pararecibir a Rafael.
El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo.
Le tomó asu servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don
Pablo Dupont; peroel amo actual, el alegre don Luis, quería
rodearse de gente joven, yteniendo en cuenta sus años y la
debilidad de su vista, lo habíasustituido con Rafael. Y muchas
gracias—como él decía con suresignación de labriego—por no
haberle enviado a mendigar en loscaminos, permitiéndole que
viviese en el cortijo con su compañera, acambio de ocuparse la
vieja del cuidado de las aves que llenaban elcorral y de ayudar él
al encargado de las pocilgas que se alineaban aespaldas del
edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo,con la
espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando
loscampos o segando el trigo!...
Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban
otrasatisfacción en su miseria que el excelente carácter de
Rafael. Como dosperros viejos, a los que se reserva por lástima
un poco de pitanza,esperaban la hora de la muerte en su tugurio
junto al portalón delcortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador
hacía llevadera su suerte. Eltío Zarandilla pasaba las horas
sentado en uno de los bancos al ladode la puerta, mirando
fijamente, con sus ojos opacos, los campos deinterminables
surcos, sin que el aperador le regañase por su indolenciasenil. La
vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y
sucomida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios.
¡Bendito seaDios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo
guapo al único hijo quelos viejos habían tenido; un pobrecito
que había muerto siendo soldado,en tiempos de paz, en un
hospital de Cuba. Todo le parecía poco a laseña Eduvigis para el
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