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La Bodega

Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres
estabapróximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los
ricos, con susbodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la
noche con elesplendor de su ruina.
Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la
llanuracubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella
retirábanse haciael fondo, como asustados por esta mancha
negruzca, que crecía y crecía,alimentada incesantemente con
nuevos grupos.
Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres
tostados,enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la
lustrosa epidermis.Fuertes esqueletos acusando tras la piel de
tirante rigidez, sus aristassalientes y sus oquedades oscuras.
Cuerpos, en los que era mayor eldesgaste que la nutrición, y la
ausencia de músculos estaba suplida porlos manojos de tendones
engruesados por el esfuerzo.
Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que
esparcíanun olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un
chaquetónharaposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a
ellos, sedistinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de
ciudad, máspróximos en sus costumbres a los señores que a la
gente del campo.
Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e
incoloros otros,con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos
rostros en los que semostraba toda la gradación del gesto
humano, desde la indiferenciaabobada y bestial, a la
acometividad del que nace bien preparado para lalucha por la
vida.
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