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La Bodega

pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenesal
cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para
halagaral amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de
almanaques inglesescon figuras modernistas, estampas de
imágenes milagrosas, con su oraciónimpresa al pie y la nota de
indulgencias. El gran reloj, que desde elfondo del salón alteraba
el silencio con sus latidos, tenía la forma deun templete gótico,
erizado de místicas agujas y pináculos medioevales,como una
catedral dorada de bisutería.
Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y
cognacs era loque despertaba cierta extrañeza en Fermín,
después de haberla vistodurante muchos años. Persistían aún en
él las impresiones del díaanterior. Había permanecido hasta hora
muy avanzada de la noche con donFernando Salvatierra, que
volvía a Jerez después de ocho años dereclusión en un presidio
del Norte de España. El famoso revolucionariovolvía a su tierra
modestamente, sin alarde alguno, como si los añostranscurridos
los hubiese pasado en un viaje de recreo.
Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio,
antes demarchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de
inglés. Era eldon Fernando que había conocido en su
adolescencia; igual voz paternal ysuave, la misma sonrisa
bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosospor la debilidad,
brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Lasprivaciones
del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en lassienes y
blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la
juventudseguía animando su rostro.
Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios.
Nacido dossiglos antes, hubiese sido un religioso mendicante
preocupado por eldolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar
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