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La Bodega

dormían,teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas
de enea. Unosverdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se
quejaban y exigíanreformas amenazando con la huelga?...
En el Caballista, los que eran propietarios de las viñas
mostrábanseenternecidos por repentina piedad, y hablaban de
los gañanes de loscortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran
merecedores de mejor suerte!Dos reales de jornal, un rancho
insípido por todo alimento y dormir enel suelo vestidos, con
menos abrigo que las bestias. Era lógico queéstos se quejasen:
no los trabajadores de las viñas que vivían como unosseñores si
se les comparaba con los gañanes.
Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver
que seintentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no
retribuíanmejor al bracero, era porque el producto del cortijo no
daba para más.¿Podían compararse el trigo, la cebada y la
ganadería con aquellas viñasfamosas en el mundo, que arrojaban
el oro a borbotones por sussarmientos, y en ciertos años daban a
sus amos una ganancia más fácilque si saliesen a robar a las
carreteras?... Cuando se gozaba de talfortuna había que ser
generosos, dar una pequeña parle de bienestar alos que les
sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejabancon
razón.
Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea
entrelos propietarios de los dos bandos.
Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía
inmóvil;las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde;
pasaban las buenasmozas por la acera sin que asomasen a las
ventanas de los casinos losgrupos de cabezas lanzando
requiebros y maliciosos guiños.
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