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La Bodega

destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de
aguade los cafés.
Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una
hora deretraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los
papeles cuandoél entró, como si temieran hacerse cómplices con
un gesto, con unapalabra, de esta falta inaudita de puntualidad.
Fermín miró coninquietud el vasto salón del escritorio y se fijó
después en undespacho contiguo, donde en medio de la soledad
alzábase majestuoso unbureau de lustrosa madera americana.
«El amo» no había llegado aún. Yel joven, más tranquilo ya,
sentose ante su mesa y comenzó a clasificarlos papeles,
ordenando el trabajo del día.
Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo,
deextraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si
nohubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que
leaceptaron como zagal para llevar cartas al correo y hacer
recados, envida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía,
el fundador delfamoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al
negocio de las bodegas»,según decían pomposamente los
prospectos de la casa hablando de él comode un conquistador; el
padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes deun estado
industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de
tresgeneraciones.
Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una
blancura depanteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol,
sus paredes estucadasy brillantes, sus grandes ventanales de
cristal mate, que rasgaban elmuro hasta el techo, dando a la luz
exterior una láctea suavidad. Losarmarios, las mesas y las
taquillas de madera oscura, eran el único tonocaliente de este
decorado que daba frío. Junto a las mesas, loscalendarios de
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