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La Bodega

brazos abiertos; pero no ignoraba lossentimientos de Dupont
hacia él y quería evitarle un disgusto.
—Tú mismo, muchacho—continuó don Fernando,—te
expones a un sermón, siDupont sabe que paseas conmigo.
Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado
a los enfadosde su principal y a las pocas horas de escucharle ya
no se acordaba desus palabras. Además, hacía tiempo que no
había hablado con don Fernandoy le placía pasear con él en este
suave atardecer de primavera.
Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de
laspequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de
árboles, vieronextenderse ante sus ojos las planicies de Caulina
como una estepa verde.Ni un árbol, ni un edificio. La llanura
esparcíase hasta las montañasque, esfumadas por la distancia,
cerraban el horizonte; inculta,salvaje, con la solemnidad
monótona de la tierra abandonada.
Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas,
matizando laprimavera su verde oscuro con el blanco y el rojo
de las floressilvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y
antipáticas de lospaíses abandonados, amontonaban en los
bordes del camino una vegetaciónpuntiaguda y agresiva. Sus
vástagos rectos y cimbreantes, con un pompónde blancas
cazoletas, sustituían a los árboles en aquella
inmensidadhorizontal y monótona no cortada por ondulación
alguna. Esparcidos alargas distancias, apenas si se destacaban
como negras verrugas loschozones y ranchos de los pastores,
hechos de ramaje y tan bajos detechumbre que parecían
viviendas de reptiles. Aleteaban las palomastorcaces en el cielo
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