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Juanita la Larga

picantes, en que la casta musa popular no siempre merecía elmencionado calificativo con que
algunos la designaban.
No se entienda por esto que doña Inés gustase de conversaciones libres yescabrosas. Cuanto
no era lícito y puro en el pensamiento y en lapalabra ofendía sus oídos de austera matrona; pero
en un lugar hay quesufrir tales libertades o hay que aparentar que no se oyen. El propiodon
Alvaro no era nada mirado en el hablar, ni menos aún lo eran laspersonas que le rodeaban. Valga
para ejemplo cierto mozo, de unos quinceaños de edad, hijo del aperador y favorito de don
Alvaro, que este teníasiempre en casa para que entretuviese a los niños. Como el aperador
eraCalvo de apellido, al mozo le apellidaban Calvete. Y para que se vea lomucho que hubo de
sufrir en ocasiones la pulcritud de doña Inés, he decitar un caso que de Calvete me han referido.
Antes que cumpliese dos años el primogénito de los Roldanes, logróCalvete enseñarle a
pronunciar con la mayor perfección cierto vocablo detres sílabas en que hay una aspiración muy
fuerte. Encantado con sutriunfo pedagógico, corrió por toda la casa gritando como un loco:
—¡Señor don Alvaro! ¡Ya lo dice claro! ¡El señorito lo dice claro!
Doña Inés se disgustó y rabió, pero don Alvaro quedó más encantado queCalvete y le dio en
albricias un doblón de a cuatro duros, después queel niño dijo delante de él la palabreja y él
admiró el aprovechamiento yla precocidad del discípulo y la virtud didáctica del maestro.
Amigas tenía pocas doña Inés, porque casi todas las hidalguillas ylabradoras de la población
estaban muy por bajo de ella enentendimiento, ilustración, finura y riqueza.
Quien más acompañaba, por consiguiente, en su soledad a la señora doñaInés era el cacique
don Andrés Rubio, embobado con el afable trato deella y cautivo de su discreción y de su
hermosura. Daba esto ocasión aque los maldicientes supusiesen y dijesen mil picardías. Pero
¿quién eneste mundo está libre de una mala lengua y de un testigo falso? ¿Cómo lagente grosera
de un lugar ha de comprender la amistad refinada yplatónica de dos espíritus selectos? El señor
cura párroco era de lospocos que verdaderamente la comprendían, y así encontraba muy
bienaquella amistad, y acaso daba gracias a Dios de que existiese, porqueredundaba en bien de
los pobres y de la iglesia, a quien doña Inés ydon Andrés, puestos de acuerdo, hacían muchos
presentes y limosnas.
Era el cura párroco un fraile exclaustrado de Santo Domingo, muy severoen su moral, muy
religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y delrespeto a la jerarquía social. Casi siempre
en sus pláticas, en susconversaciones particulares y en los sermones, que predicaba
confrecuencia porque era excelente predicador, clamaba mucho contra lafalta de religión y
contra la impiedad que va cundiendo por todaspartes, con lo cual los ricos pierden la caridad y
los pobres laresignación y la paciencia, y en unos y en otros germinan y fermentanlos vicios, las
malas pasiones y las peores costumbres.
El padre Anselmo, que así se llamaba el cura párroco, admiraba de buenafe a la señora doña
Inés como a un modelo de profunda fe religiosa y dedistinción aristocrática. Era el tipo ideal
realizado de la gran señora,tal como él se la imaginaba. Ni siquiera le faltaban a doña
Inésocasiones en que ejercitar las raras virtudes del prudente disimulo parano dar escándalos, de
la santa conformidad con la voluntad de Dios y dela longanimidad benigna para perdonar las
ofensas. Bien sabía toda lagente del lugar los malos pasos en que don Alvaro Roldán solía
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