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Juanita la Larga

En balde procuró dormir. No pudo en toda la noche pegar los ojos. Losmás negros
pensamientos caían sobre su alma, como se abate sobre uncadáver famélica bandada de grajos y
a picotazos le destrozan y lecomen.
Por lo mismo que él, durante toda la vida, había sido tan formal, tansereno y tan poco
apasionado, extrañaba y deploraba ahora el verse presade una pasión vehemente y sin ventura.
Se enfurecía, y discurriéndolobien, no hallaba a nadie contra quien descargar su furor con
algúnfundamento. Juanita le había despedido; no era ni su mujer, ni suquerida, ni su novia. Bien
podía hacer de su capa un sayo sin ofenderle.Y menos le ofendía aún don Andrés, el cual
sospecharía acaso que élhabía tenido, hacía más de un año, relaciones con la muchacha; pero
enaquel momento le creía, según los informes que le daba doña Inés,decidido pretendiente y casi
futuro esposo de la fresca viuda doñaAgustina Solís y Montes de Allende el Agua.
Don Paco se consideraba obligado a echar la absolución a Juanita y a donAndrés. Y, sin
embargo, contra toda razón y contra toda justicia, sentíael prurito de buscar a Juanita, ponerla
como hoja de perejil y darle unasoba, o bien de armar disputa a su valedor y protector el cacique
y, conun pretexto cualquiera, romperle la crisma.
Todo esto, según la pasión se lo iba sugiriendo y según iba pasando yvolviendo a pasar por su
cerebro como un tropel de diablos que giran endanza frenética, no consentía que lograse un
instante su reposo. En vezde dormir se revolcaba en la cama, y sus nervios excitados le hacían
darbrincos.
A pesar de todo, se encontraba más cómico que trágico, y se echaba areír, aunque con la risa
que apellidan sardónica, no por una hierba,sino porque—según había oído contar—entre los
antiguos sardos se reíanasí los que eran atormentados y quemados de feroz y sardesca manera
enhonor de los ídolos.
Juanita era el ídolo ante el cual el amor y los celos, sacerdotes yministros del altar de ella,
atormentaban y quemaban a don Paco. Como nopodía sufrirse, pensó con insistencia en matarse,
y luego sus doctrinasy sus sentimientos religiosos y morales acudían a impedirlo. Y no bienlo
impedían, don Paco se burlaba de sí mismo y se despreciaba,presumiendo que lo que llamaba él
religión y moral fuese cobardía acaso.
Después de aquel tempestuoso insomnio, que convirtió en siglos lashoras, don Paco se levantó
del lecho y se vistió antes que llegase ladel alba.
Abrió la ventana de su cuarto y vio amanecer.
La frescura del aire matutino entibió, a su parecer, aquella a modo defiebre que en sus venas
ardía. Y como no se hallaba bien en tanestrecho recinto y anhelaba ancho espacio por donde
tender la mirada, ypara techumbre toda la bóveda del cielo, determinó salir, no sólo de lacasa,
sino también de la población, e irse sin rumbo ni propósito, a laventura, pero lejos de los
hombres y por los sitios más esquivos ysolitarios.
Se fue sin que despertasen ni le viesen el alguacil y su mujer. Tuvo, noobstante, serenidad y
calma relativa. No huyó como un loco, y tomó susombrero y su bastón, o más bien el garrote que
de bastón le servía.
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