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Juanita la Larga

inocencia. ¿Sabes tú lo que yotemo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer
que eraobjeto de su adoración, se ha ido desesperado sabe Dios dónde.
—De todo eso tiene la culpa—interpuso Juana—esa perra doña Inés; esadegollante, que no
pagaría sino quemada viva o frita en aceite.
—Te aseguro, mamá, que no sé cómo la aguanto aún; pero si esto no paraen bien y ocurre
algún estropicio, quien la va a quemar y a freír soy yocon estas manos. No; no soy manca
todavía. La desollaré, la mataré, ladescuartizaré. No creas tú que va a quedarse riendo.
Juana, al ver tan exaltada a su hija, temió la posibilidad de un delito,y exclamó como persona
precavida y juiciosa:
—Prudencia, niña, prudencia; no te aconsejaré yo que la perdones. Buenoes ganar el cielo,
pero gánalo por otro medio y no con el perdón dequien te injuria. Dios es tan misericordioso que
nos abre mil caminospara llegar a él. Toma, pues, otro y no sigas el de la
mansedumbre.Conviene hacerse respetar y temer. Conviene que sepan quién eres. Lo queyo te
aconsejo es que tengas mucho cuidado con lo que haces, porque sitú castigas a doña Inés sin
precaución, la justicia te empapelaría comoun ochavo de especias, y hasta te podría meter en la
cárcel o enviarte apresidio.
—No pretendas asustarme. Si ocurre una desgracia, yo no me paro enpelillos; la pincho como
a una rata, la araño y le retuerzo elpescuezo. Lo haría yo en un arrebato de locura y no sería
responsable.
—No serías—replicó Juana—; pero te tendrían por loca y te encerraríanen el manoscomio,
monomomio o como se llame; yo me moriría de penade verte allí.
—¿Pues qué he de hacer, mamá, para castigar bien a doña Inés sin que túte mueras de pena?
—Lo que debes hacer, ya que tienes con ella tanta satisfacción y tratoíntimo, es cogerla sin
testigos y entre cuatro paredes, darle allí tusquejas, leerle la sentencia y ejecutarla en seguida.
—¿Y qué quieres que ejecute?
—Acuérdate de tu destreza de cuando niña, de cuando con la cólerahervía ya en tus venas la
sangre belicosa de tu heroico padre: agarra adoña Inés, descorre el telón y ármale tal solfeo en el
nobilísimotransportín, que se lo pongas como un nobilísimo tomate. Ya verás cómolo sufre, se
calla y no acude a los tribunales. Una señorona de tantosdengues y de tantos pelendengues no ha
de tener la sinvergüencería deenseñar el cuerpo del delito al Jurado ni a los oidores.
Al oír los sabios consejos de su mamá, Juanita mitigó su cólera, y apesar del dolor que tenía
no pudo menos de reírse, figurándose a doñaInés, con toda su majestad y entono, azotada e
inulta. Luego dijo:
—Aun sin propasarme hasta el extremo de la azotaina, y aun sin cometerningún crimen, he de
castigarla valiéndome de la lengua, que ha delanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho.
Ha de lanzar milengua más rayos de fuego que la uña del boticario. Cada una de laspalabras que
yo le diga ha de ser como uña ponzoñosa de alacrán que ledesgarre y envenene las entrañas.
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