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Juanita la Larga

beaterio lo exigen,Juanita, sin poderlo evitar, no les parecía saco de paja, y a menudo lamiraban
por estilo pecaminoso.
Quien más se adelantó en esto fue el propio amo de la casa, el señor donAlvaro Roldán, que
era muy tentado de la risa. En varias ocasiones,hallando a Juanita sola, la requebró con más
fervor que chiste y finura,y Juanita, que veía en aquel caballero sujeto a propósito para
descargarsu mal humor, le respondía siempre con feroz desabrimiento o consangrienta burla. Y
como don Alvaro ni por esas se desengañase y seatreviese un día a dar a la muchacha una
palmadita en la cara, ella ledijo mirándole de arriba abajo con desprecio y enojo:
—Las manos quietas, señor don Alvaro. Conténtese usted con tocar elviolón, y a mí no me
toque. ¡Pues no faltaría más! ¿Será menester que mequeje yo a doña Inés de la insolencia de
usted? Para que una mocitadecente esté tranquila en esta casa, ¿necesitará la señora atar a
ustedcon una cadena al lado del mono?
Don Alvaro, que era tímido, blandengue y avezado a la servidumbre,receló que Juanita armase
un alboroto, le cobró miedo y desistió de suamorosa empresa.
Había al mismo tiempo, ya se entiende que en otras ocasiones y apartes,otro personaje más
emprendedor y menos asustadizo. Fue este el propio yrespetado cacique de Villalegre: el
excelentísimo señor don AndrésRubio.
También don Andrés, que no faltaba nunca a la tertulia, encontró nopocas veces a Juanita, ya
en la antesala, ya en los corredores, ya en laescalera, ya en el zaguán cuando ella se iba.
Don Andrés había admirado mucho a Juanita el día en que ella se mostróimprudentemente tan
engalanada en la iglesia, y había conservado de ellamuy buena impresión. No la defendió en la
tertulia por no contradecir adoña Inés y por no censurar indirectamente la excesiva severidad
delpadre Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero allá en su interior novio nunca malicia en lo
que Juanita había hecho, y se limitó acalificarlo de inoportuna ligereza, de que la madre era más
culpable quela hija. De suerte que don Andrés no creyó en su arrepentimiento y en sudeseo de
ser monja.
Don Andrés conocía el carácter de doña Inés y daba por evidente que doñaInés, así como en
un principio había hecho víctima a Juanita de suenojo, imaginándosela, aunque en cierne, una
desaforada pecadora,después, trocado el enojo en estimación, admiración y cariño, seproponía,
con el mejor intento y por su manía de gobernarlo y dearreglarlo todo, hacer víctima a Juanita
empujándola a la santidad porun camino que ella no tenía ganas de seguir.
Así predispuesto, don Andrés empezó por mirar a Juanita con ciertabenigna curiosidad cuando
casualmente pasaba cerca de ella y la hallabasola. Después, sin reflexionar en lo que hacía, don
Andrés y quién sabesi la muchacha misma, ya que hasta la más inocente suele dejarse guiarpor
endiablados instintos, prestaron auxilio a la casualidad y laconvirtieron en providencia,
hallándose casi todos los días y pasandotan cerca de ella, que casi tropezaban o se tocaban.
Es natural que Juanita no se escondiese ni huyese, porque ni ella eramedrosa ni don Andrés
era el bu ni una fiera.
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