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Juanita la Larga

metafísica; a Dios, a la virtud o a laciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente
lo que esciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar eseafecto, en él casi
instintivo, a un ídolo visible, corpóreo, de bulto.
Juanita era este ídolo para Antoñuelo. Juanita era también su oráculo.El oía con religioso
respeto sus advertencias y amonestaciones, y debuena fe se prometía y prometía al pronto
tomarlas para pauta de suconducta. Siempre que Antoñuelo se hallaba en la presencia de
Juanita,se sentía avasallado por su influjo, deslumbrado por su superiorinteligencia y ligado a la
voluntad de ella. Por desgracia, no bienAntoñuelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo
bienhechordesaparecía, y los instintos brutales y las malas pasiones acudían entropel y desataban
o rompían las ligaduras y arrojaban al olvido losbuenos consejos y preceptos que Juanita le había
dado. Antoñuelo, lejosde la fascinación y del encanto que casi milagrosamente le
habíanconservado como ser racional, se convertía en un estúpido y en unperdido.
A pesar de la ineficacia, por falta de duración, de su poder purificantesobre el alma de
Antoñuelo, Juanita le quería, se interesaba por él ysentía halagado su orgullo al dominarle,
aunque fuera momentáneamente.
Para dar una idea exacta de la inclinación de Juanita hacia aquel mozo,diré que se parecía a la
que yo he visto que tienen ciertas grandesseñoras ya por un alano, ya por un mastín corpulento y
poderoso que hayen casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz dederribar a
un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, yque, sin embargo, se echa con la
mayor humildad a las plantas de su amay siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le
toca lacabeza o con el pie le sacude o le pisa.
En la ocasión de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradashabían transformado
a Antoñuelo; su domesticidad y mansedumbre habíandesaparecido: ya no era perro, sino lobo.
Traía muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba adecir; y a fin de que no
se le borrara de la memoria o se le enmarañaraen el caletre, deseaba descargarse de él como
quien suelta un peso ydecirlo sin preámbulos. La ocasión se presentó propicia a su deseo.
Juana estaba en la cocina, y Antoñuelo halló sola a Juanita cosiendo enla sala. Venía él con el
entrecejo fruncido y con marcadas señales entoda la cara de muy terrible enojo. Apenas se
saludaron él y ella,Antoñuelo dijo:
—Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has engañado. Por culpa tuyahe estado haciendo el
tonto, y no quiero hacerlo más.
—Pues, hijo mío—dijo ella riendo—, yo no sé cómo te las compondráspara no seguir
haciendo el tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpade que lo hayas sido hasta ahora, y
menos sé aún en qué y cuándo te heengañado.
—Me has engañado fingiéndote santa, para que yo, embaucado, te adorase,cuando no eres
santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se hablade otra cosa sino de tus relaciones con
don Paco, y de que te mantiene yte viste.
—¿Y has creído tú esas calumnias? ¿Y en vez de defenderme y deenfurecerte contra los
calumniadores te enfureces contra mí? Juanitadejó escapar irreflexiblemente estas últimas frases.
Luego se reprimió yprocuró enmendarlas. Creía bruto a Antoñuelo, pero no lo creía cobarde.
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