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Juanita la Larga

«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy atontas y a locas. Mi
madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene pocojuicio, aunque bien puede ser que lo pierda por
el entrañable amor queme tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad
detonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,siendo yo mocita
casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando aocuparla, debí dejar de ir por agua a la
fuente y a lavar al albercón.Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate
elquerer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitarla envidia y la rabia del
señorío mujeril de este lugar. Todavía misúbita transformación hubiera podido tener buen éxito
si atino a ganarmeantes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña InésLópez de
Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.Si el trato de don Paco me agradaba
y me divertía, jamás he pensado yoen casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra
locura mía,otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué finrecibir de tertulia
todas las noches a don Paco, sola a veces y a vecesen compañía de Antoñuelo, lo que casi es
peor? Lo hacíamos porque nosdaba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana
de lospobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sinhallar satisfacción, a
fin de no exponerse a muy crueles castigos.Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo
sostener que más inocenteque la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese
yhasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosade Crispina, que todo
lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi
amigo y don Paco el demamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para
elgusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las milchucherías que él me traía
de regalo y hasta el exquisito y sin parchocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo
furiosa que doñaInés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarseconmigo,
porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos losahorros y las finquillas que don Paco
va reuniendo, para lo cual importaque don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga
viuda que yome sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no ledaría hijos, porque
está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y deSara no se repite.»
Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos,discurría Juanita a
sus solas. Luego continuaba:
«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razóny a la
conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Yya que (esto no puede negarse)
soy cándida como la paloma, no está bienque me olvide de la otra mitad de la sentencia
evangélica que he oídodecir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en
losucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida dezagalona rústica no
hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libretambién de recaer en la mala tentación de
presumir de princesa. Nada devolver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales;
ynada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no ganeposición, autoridad y
título duradero, suficiente y legítimo, paratamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un
justo término medio:salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a laiglesia, a
misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito depercal, y cobijada así, borrar la mala
impresión que necia oinocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación desanta.»
Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada queestaba, y luego
proseguía:
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