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Juanita la Larga

Por lo general, y así sucedía en Villalegre, la Casilla estaba en salarelativamente cómoda y
espaciosa, detrás de la botica. Allí se leían losperiódicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba
malilla, al tresillo, altruquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la dominó y a lasdamas.
Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía muy bien los honoresdel establecimiento,
donde concurrían casi todos los personajes dellugar, a despecho de las mujeres, que eran devotas
y que abominaban delboticario, porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la
pocoenvidiable fama de descreído y materialista. Siempre había permanecidosoltero; tenía una
lengua como un hacha, con la que destrozaba lasreputaciones; y en su maligno rostro, en sus ojos
vivarachos y algobizcos, en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona se revelabacierta
diabólica y punzante travesura.
En el pueblo se referían estupendas singularidades sobre sus doctrinas yfacultades científicas,
sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía ydecía era natural, sino en gran parte por
inspiración y con auxilio deldemonio; por lo cual, al hablar de sí propio, declaraba él que,
sihubiese Inquisición aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado vivo.Era dogma suyo que
todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia deellas es más aparente que real y más somera
que profunda. Produce ladiferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas,ocultando
la raíz de su ser, y que, según sus varios efectos yoperaciones ya se llama calor, ya luz, ya
electricidad, ya magnetismo,de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza
era eldios de don Policarpo. Por él se jactaba de estar poseído y de serenergúmeno.
Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tenía don Policarpovara de virtudes;
pero, en cambio, tenía una recia, puntiaguda ylarguísima uña en el dedo meñique de la mano
derecha, la cual uña leservía de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de
terrorcuando la veían, como si viesen la de Satanás en persona. Se decía queel boticario ya
magnetizaba, adormecía y sujetaba a su voluntad a lasgentes, despidiendo por dicha uña fluido
magnético, ya se electrizabatodo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo,
ylanzaba por dicha uña un chorro o penacho de chispas azuladas yluminosas. Y no faltaba quien
añadiese, jurando haberlo visto, que sólocon acercar la uña, cuando estaba él bien cargado y
saturado deelectricidad, encendía un candil o disparaba un cañoncito muy cuco quese usaba para
esta experiencia.
Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en talesafirmaciones; pero como
quiera que fuese, el boticario, aunqueaborrecido de las damas, a lo que debía de contribuir su
fealdad nadacomún, era persona divertida y hospitalaria.
Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o dieztertulianos. No iba el cura por
culpa de la impiedad con que allí sehablaba; pero iban el médico, dos o tres concejales, el propio
señoralcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestrode escuela.
Don Policarpo comentó el sermón de aquel día con maliciosa agudeza,sosteniendo
irónicamente que el padre tenía razón.
—Sí, señores—dijo—; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. Elreparto se ha hecho mal y
entre pocas personas que se han enriquecido.La futura revolución tendrá, pues, por objeto
apoderarse de otros bienesy repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.
El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondió deeste modo:
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