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Juanita la Larga

concede su favor a quienes digno de él, pero con cierta limitación, o sea sin salir del círculoen
que vive y muestra su valer la persona afortunada.
Sin duda, don Andrés Rubio, si hubiera vivido en Roma en los primerossiglos de la era
cristiana, hubiera sido un Marco Aurelio o un Trajano;pero como vivía en Villalegre y en nuestra
edad, se contentó y seaquietó con ser el cacique, o más bien el César o el emperador
deVillalegre, donde ejercía mero y mixto imperio y donde le acataban todosobedeciéndole
gustosos.
El diputado novel, no obstante, ensalzaba más a otro sujeto deldistrito, porque sin él no se
mostraba la omnipotencia bienhechora dedon Andrés Rubio. Así como Felipe II, Luis XIV, el
papa León X y casitodos los grandes soberanos han tenido un ministro favorito y constante,sin el
cual tal vez no hubieran desplegado su maravillosa actitud nihubieran obtenido la hegemonía
para su patria, don Andrés Rubio teníatambién su ministro que, dentro del pequeño círculo donde
funcionaba,era un Bismarck o un Cavour. Se llamaba este personaje don FranciscoLópez y era
secretario del Ayuntamiento, pero nadie le llamaba sino donPaco.
Aunque había cumplido ya cincuenta y tres años, estaba tan bienconservado que parecía
mucho más joven. Era alto, enjuto de carnes, ágily recio, con poquísimas canas aún, atusados y
negros los bigotes y labarba, muy atildado y pulcro en toda su persona y traje, y con ojoszarcos,
expresivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, que lostenía sanos, firmes y muy blancos
e iguales.
Pasaba don Paco por hombre de amenísima y regocijada conversación,salpicada de chistes con
que hacía reír sin ofender mucho ni lastimar alprójimo, y por hábil narrador de historias, porque
conocía perfectamentela vida y milagros, los lances de amor y fortuna y la riqueza y lapobreza
de cuantos seres humanos respiraban y vivían en Villalegre y enveinte leguas a la redonda.
Esto, en lo tocante al agrado. Para lo útil, don Paco valía más: era unverdadero factótum.
Como en el pueblo, si bien había dos licenciados ytres doctores en Derecho, eran abogados
Peperris, o sea, de secano,todos acudían a don Paco, que rábula y jurisperito, sabía más de
leyesque el que las inventó, y los ayudaba a componer o componía cualquierpedimento o alegato
sobre negocio litigioso de algún empeño y cuantía.
El escribano era un zoquete, que había heredado la escribanía de supadre, y que sin las luces y
la colaboración de don Paco apenas seatrevía a redactar ni testamento, ni contrato matrimonial,
dearrendamiento o de compraventa, ni escritura de particiones. El alcaldey los concejales,
rústicos labradores, por lo común, a quienes donAndrés Rubio hacía elegir o nombrar, le estaban
sometidos y devotos, ycomo no entendían de reglamentos ni de disposiciones legales
sobreadministración y hacienda, don Paco era quien repartía lascontribuciones y lo disponía
todo. Cuidaba al mismo tiempo de lalimpieza de la villa, de la conservación de las Casas
Consistoriales ydemás edificios públicos y del buen orden y abastecimiento de lacarnicería y de
los mercados de granos, legumbres y frutas; y era tancampechano y dicharachero, que alcanzaba
envidiable favor entre loshortelanos y verduleras, quienes solían enviar a su casa, para suregalo,
según la estación, ya higos almibarados, ya tiernas lechugas, yaexquisitas ciruelas claudias o ya
los melones más aromáticos y dulces.
El carnicero estaba con don Paco a partir un piñón, y de seguro que sialguna becerrita se
perniquebraba y había que matarla, lo que es lossesos, la lengua y lo mejorcito del lomo no se
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