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Juanita la Larga

intención, no por esoes menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas
ytimoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofendausted si me atrevo a
declararlo, con harto dolor lo declaro: laridiculez le acompaña.
Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a suhija y de quejarse de su
conducta, cayó derribado a los pies de laseñora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban
a su padre como unalluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el
corazón.Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:Juanita era el recato,
la virtud, el talento y la modestia en persona.Era, además, hermosa como una ideal virgen
espartana, como la propiaDiana Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte y ágil;
contodos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. SiAntoñuelo, que era un
perdido, iba allí y trataba con la mayorfamiliaridad a Juanita, esto consistía en que Antoñuelo se
había criadocon ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente lequería como a
un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase ycayese en el precipicio.
La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo quellaman en aquellos
lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vidaejemplar que había hecho después y por el
honroso trabajo con que habíalogrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus
desventuradosamores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observacionesde doña
Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tintepoético, y tal como el prosaico vulgo
podía entenderlo, doña Inés teníarazón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes
deVillalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hijailegítima de Juana la Larga, la
chica que había corrido y jugado con lospilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o
diez años, y laque después había conservado una sospechosa e íntima amistad conAntoñuelo, el
cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.
De aquí el desairado y mal papel que una persona de los años, de laseriedad y la importancia
de don Paco no podía menos de hacer enapariencia, o bien siendo rival de Antoñuelo, o bien de
acuerdo con élpara cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, noobstante, de la
consternación que el tremendo discurso de doña Inés lehabía causado, y por lo mismo que ella
con su feroz acometida leacorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la
pared,don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:
—La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente,porque lo que dice es
injusto. Tal vez me acusen las apariencias. Enrealidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo
que he hecho. Miyerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con
losplebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que seandecentes las personas
que trato, y no hay el menor motivo para afirmarque las Juanas no lo sean. La vista y la
conversación de Juanita medeleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas
lasnoches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago.No necesito de guía.
No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me bastacon aguantar el que nos ha echado hoy el
padre Anselmo, inocente talvez, pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado
convuestra malicia.
—¡Dios mío!—interrumpió doña Inés—. ¡Esto solo me faltaba: que lleguela ceguedad de
usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de sumadre! Lo ocurrido es muy natural; la
desvergonzada mozuela se haencajado en la iglesia, no vestida humildemente, según su clase,
sinocon el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en lasgrandes ciudades y que
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