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Juanita la Larga

doloroso examen de concienciay miraba y cataba la herida de su corazón, como un enfermo
contempla conamargo deleite la llaga o el cáncer que le lastima y en el que prevé lacausa de su
muerte.
Toda la vida había sido don Paco el hombre más positivo y menosromántico que puede
imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que sele había metido en las entrañas y se las
abrasaba, le parecía tanridículo que, a par que le afectaba dolorosamente, le hacía reír
cuandoestaba a solas, con risa descompuesta y que solía terminar en algo amodo de ataque de
nervios.
Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; yano veía a Juanita en la
fuente y sola, porque él mismo había predicadopara que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a
sustraerse a laobsesión que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a losperspicaces
ojos de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño.
Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa oduramente, a cuantos
mozos la pretendían, y lo que es Antoñuelo iba yacon menos frecuencia a casa de Juanita. Según
en el lugar se sonaba,andaba él muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto
malascompañías y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegreno era el único
teatro de sus proezas, sino que, a pesar de lasamonestaciones y reprensiones de su padre, a
menudo muy duras, se solíair de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres
díasno aparecía por su casa.
Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía completamente dueño del campo;pero el campo
estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograbaentrar en él y se quedaba fuera como los
otros. No desistió por eso deir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario.
Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre,hablaba con Juanita en
conversación general, y Juanita hablabaigualmente y le oía muy atenta manifestándose finísima
amiga suya yhasta su admiradora; pero, como de costumbre también, las miradasardientes y los
mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin sernotados y eran machacar en hierro frío, o
hacían un efecto muy contrarioal que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal
humor,turbando su franca alegría y refrenando sus expansiones amistosas.
De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaronalgunos días y llegaron
los últimos del mes de julio.
Hacía un calor insufrible. Durante el día los pajaritos se asaban en elaire cuando no hallaban
sombra en que guarecerse. Durante la nocherefrescaba bastante. En el claro y sereno cielo
resplandecían la luna ymultitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro,
loteñían de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados deoro.
Ambas Juanas no recibían a don Paco en la sala, sino en el patio, dondese gozaba de mucha
frescura y olía a los dompedros, que daban su másrico olor por la noche, a la albahaca y a la
hierba luisa, que había enno pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas
deenredadera, que en Andalucía llaman de pitiminí, y que trepan por lasrejas de las ventanas, en
los cuartos del primer piso, donde dormíanJuanita y su madre.
En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.Todavía allí, a la luz de
un bruñido velón de Lucena, de refulgenteazófar, se jugaba al tute en una mesilla portátil, pero
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