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Juanita la Larga

Ninguna objeción acertó a poner don Paco, convencido de lo puesta enrazón que estaba
Juanita. Solamente le dijo:
—Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato.Aunque la gente nos
vea, ¿qué podrán decir?
—Podrán decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podráncreer que yo
interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, ypodrán censurar que pudiendo ser yo
nietecita de usted, tire a ser sunovia y tal vez su amiga. Con esta suposición me sacarán todos
elpellejo a túrdigas; y si llega a oídos de su hija de usted, mi señoradoña Inés López de Roldán y
otras hierbas, que usted y yo estamos aquípelando la pava, será capaz de venir, aunque se halla
delicada yconvaleciente, y nos pelará o nos desollará a ambos, ya que no envíe poraquí al señor
cura acompañado del monaguillo, con el caldero y el hisopodel agua bendita, no para que nos
case, sino para que nos rocíe yrefresque con ella, sacándonos los demonios del cuerpo.
—Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero elleón como lo pintan. Y si
tú gustases un poquito de mí, y miconversación te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías
tantomiedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de losexorcismos del cura.
—¿Y de dónde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato depalique? Pocas cosas
encuentro yo más divertidas que la conversación deusted, y además siempre aprendo algo y gano
oyéndole hablar. Yo soyignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaña, me
pareceque no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor quetienen sus palabras.
—Entonces, ¿cómo es que no me quieres?
—Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres se trata?
—De amor.
—Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene elpadre Anselmo a su
breviario, como el que tiene doña Inés a sus librosdevotos o como el que tiene usted a las leyes o
a los reglamentos queestudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quierenesos
libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yoen oír a usted cuando habla.
—Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me matas a la vez. Yo noquiero instruirte, sino
enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tunovio.
—Jesús, María y José. ¿Está usted loco, don Paco? ¿En qué vendría aparar, qué fin que no
fuera desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No letiemblan a usted las carnes al figurarse la
estrepitosa cencerrada quenos darían si nos casáramos? Y si el noviazgo no terminase
encasamiento, ¿adónde iría yo a ocultar mi vergüenza, arrojada de estepueblo por seductora de
señores ancianos?
Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendió mucho a don Paco enaquella ocasión, y
muy picado, y con tono desabrido, exclamó haciendodemostración de retirarse:
—Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellospor mi culpa. Adiós,
Juanita.
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