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Juanita la Larga

hacía recados,que entraba y salía por todas partes y que se llamaba Crispina, émula ensu favor y
privanza de Serafina, la doncella.
Gracias a Crispina, doña Inés estaba al corriente de los noviazgos quehabía en el pueblo, de
las pendencias y de los amores, de las amistadesy enemistades, de lo que se gastaba en vestir en
cada casa, de lo queeste debía y de lo que aquel había dado a premio, y hasta de lo quecomía o
gastaba en comer cada familia. A los que comían bien, doña Inéslos censuraba por su glotonería
y despilfarro, y a los que comían poco ymal, los calificaba de miserables, de hambrones y de
perecientes.
No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener noticia de las aficionesde su padre y de sus
visitas o tertulias en casa de ambas Juanas.Muchísimo la molestó esta grosera bellaquería, que
tan duramente laapellidaba; pero disimuló y se reportó durante muchos días, sin decirnada a su
padre. Doña Inés estaba muy adelantada en sus concebidasesperanzas de octavo vástago, y en tal
delicada situación se cuidabamucho y procuraba no alterarse por ningún motivo, para que las
dichasesperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizándose de unmodo prematuro,
con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doñaInés no dijo por lo pronto nada a don
Paco, se la tenía guardada yseguía observando y averiguando por medio de Crispina, en la
creencia deque era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretendía o cortejaba.
Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doña Inés, porgue no podíaentrar en su cabeza
que su padre intentase jamás contraer segundasnupcias con Juana la Larga. Así es que lo que
censuraba en este muyásperamente era la inmoralidad y el escándalo de unas relacionesamorosas
contraídas por hombre que tenía más de medio siglo y que iba aser pronto por octava vez abuelo.
La enojaba también la condición hartoplebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si
no dignosde aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido conalguna hidalga
recatada y de su posición, como había dos o tres en ellugar, que, según pensaba doña Inés,
hubieran abierto a don Paco, si élhubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se
cansaba,pues, doña Inés de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Ledolía asimismo que
su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga,suponiendo, según las noticias que le trajo
Crispina, que gastaba muchomás de lo que ganaba.
—¿Conque juega al tute con ella?
—Sí, señora—contestó Crispina—. Y ya por echarla de fino, ya porqueestá embobado y
embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a mediomorir y sin atender al juego, lo cierto es
que Juana le pela, ganándolediez o doce reales cada noche. Además, los regalos de don Paco
lluevensin descampar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya una docena demorcillas, ya fruta,
ya parte del chocolate que le regala su merced,hecho por el hombre que viene expresamente
desde Córdoba a hacerlo aesta casa.
Lo de que don Paco hubiese regalado también parte de su chocolate irritóferozmente a doña
Inés; lo consideró una verdadera profanación y casi lehizo perder los estribos; pero al fin pensó
en la situación en que seencontraba, ya fuera de cuenta, y logró reportarse. Su moderación y
suscuidados no fueron inútiles.
El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, sintió doña Inés desde muy demañana los primeros
dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquelmismo día a un hermoso niño. La madre y el
señor Roldán decidieron quedebía llamarse Pedro, en honor del Príncipe de los apóstoles en cuyo
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