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Juanita la Larga

Así es que, excitado, si bien no tenía derecho para pedir explicaciones,con más o menos
disimulados rodeos, y cuando Antoñuelo no estabapresente, se atrevió a pedirlas y a indagar por
qué venía Antoñuelo contanta frecuencia y de qué trataba con Juanita en sus largos apartes
ycuchicheos.
Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa más naturaly sencilla, lo
explicaban todo, afirmando que Juanita y Antoñuelo eranexactamente de la misma edad, se
habían criado juntos desde que estabanen pañales y podían considerarse como hermanos.
Añadían ambas que Antoñuelo era travieso y muy tronera, que daba a supadre grandes
desazones, que de él podían temerse mayores males aún yque a Juanita ni remotamente le
convenía para novio; pero ella noacertaba a prescindir del cariño fraternal que le tenía, ni a
prohibirleque viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos yamonestaciones, los cuales
eran el asunto de los cuchicheos.
Don Paco aparentaba aquietarse al oír tal explicación; pero en realidadno se aquietaba; y
mostrando el verdadero interés que el buen nombre deJuanita le inspiraba, insinuaba que, aunque
todo fuese moral einocentísimo, convenía, a fin de evitar el qué dirán, no recibir aAntoñuelo con
tanta frecuencia.
Los sermones que predicaba don Paco, más que morales conducentes aobservar el decoro de
Juanita, no se puede decir que fueron predicadosen desierto. Poco a poco dejaron de menudear
las visitas de Antoñuelo;sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y
visitasvinieron a ser raros.
Esto dio ánimo a don Paco. Creyó notar que se prestaba dócil oído a suscariñosas reprimendas,
y se atrevió a predicar también sobre otro punto.
En extremo gustaba él de ver a Juanita charlar en la fuente o subir lacuesta con el cantarillo en
la cadera o con la ropa ya lavada sobre lagentil cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del
verde bosque, ymás majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que también lavaba laropa
cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por el suelo, solíanhacerlo las princesas, allá en los
siglos de oro.
Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, entendimiento de amor dehermosura, se
quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que notenía el liviano, provocativo y sucio
movimiento de caderas y lospasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un
andarsereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía deandar Diana
Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquisesen las selvas que rodeaban a
Cartago.
En Villalegre se gastaban corsés, y hasta era Juana la Larga quien mejorlos hacía; pero la
indómita Juanita nunca quiso meterse en semejanteapretura ni llevar aquel cilicio que para nada
necesitaba ella y queentendía que hubiera desfigurado su cuerpo. Sólo llevaba, entre elligero
vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justilloo corpiño sin hierros ni ballenas,
cosa que bastaba a ceñir la estrechay virginal cintura, dejando libre lo demás que, derecho y
firme, no habíamenester de sostén ni apoyo.
En el espíritu de don Paco pudo, sin embargo, más que el deleite de vera Juanita en la fuente o
volviendo del albercón, la idea de que, estandoya muy remotos los siglos de oro, no era posible
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