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Juanita la Larga

Don Juan Valera no fue solamente novelista. Escribió mucho, Algo detodo, según reza el
título de uno de sus libros, y lo hizo a despecho devacilaciones y desengaños. «Varias veces me
di ya por vencido, y hastapor muerto; mas, apenas dejé de ser escritor, cuando reviví como
talbajo diversa forma. Primero fui poeta; luego periodista; luego crítico;luego aspiré a filósofo;
luego tuve mis intenciones y conatos dedramaturgo, y al cabo traté de figurar como novelista....
Bajo estaúltima forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero, aun así,no las tengo
todas conmigo.» Hoy, Valera es un autor clásico reconocidoen toda historia de nuestra literatura,
pero la frase final de la citatranscrita no es sólo fórmula de buena crianza para evitar la
propiaponderación, sino confidencia íntima de un hombre que ha corrido muchopero sin asiento
ni rumbo seguro. Pues, además de tantear la carrera deescritor, cultivando tan diversos géneros
literarios, empeñó su tiempoen otras profesiones. En su larga vida (muere cumplidos los ochenta
yuno) residió muchos años fuera de España—en Nápoles, Lisboa, Río,Dresde, Moscú, Francfort,
Washington, Bruselas, Viena—, con cargosdiplomáticos que le confería o retiraba el Gobierno
según estuvieseregido por amigos o enemigos políticos. Y él quiso y logró interveniractivamente
en la política, como diputado en varias legislaturas, y aunllegó a Subsecretario de Estado, pero
por muy poco tiempo y al favor dela Revolución de Septiembre de 1868, tan gloriosa como
fugaz. Tenía,además, algo de hacienda propia, heredada, en tierras de Córdoba, con loque a
veces salía de apuros y otras se veía envuelto en obligaciones.Casó ya cuarentón con una joven a
la que doblaba en edad y cuyocarácter resultó poco acordado a sus gustos. «Mi casa—escribe a
unamigo—es el rigor de las desdichas. No me ha valido la posición queaquí tengo (de
embajador, en Lisboa), los dineros, tal vez más de loconveniente, que gasto, ni nada, para que mi
mujer esté alegre ysatisfecha y no me muela.... En suma, yo estoy archifastidiado. No secase
usted nunca. Razón tuvo la Iglesia católica en establecer elcelibato para los clérigos, y clérigos
somos usted y yo» (Valera sedirigía a Menéndez Pelayo). Su vida fue, pues, movediza, con
paréntesisy alternativas, y a los giros de la biografía personal hay que sumar losgrandes cambios
que en la sociedad española le tocó presenciar ycompartir, desde el siniestro Fernando VII—
nació en 1824—a lasfrivolidades de don Alfonso XIII—muere en 1905—. Sufrió,
además,algunos pesares acerbos: la muerte de su hijo primogénito y predilecto,cuando él estaba
lejos y solo, en Washington; el caso de una distinguidajoven americana tan perdidamente
enamorada, cuando él tenía cumplidoslos sesenta años, que se suicidó al abandonar Valera
aquellas tierras.Y, sin embargo, creo difícil hallar en toda la literatura castellana unautor que
pueda ofrecer tantas páginas risueñas, divertidas y penetradaspor un amor a la vida que anega las
desventuras y limitacionesinevitables en una comprensión optimista que, al cabo, valora más
lacomplacencia en lo realmente existente que en los defectos y ausenciasque se echan de menos.
No es que don Juan Valera fuese hombre bondadosoy contentadizo; por el contrario, sus dotes de
crítico, su inteligenciapenetrante e irónica fueron superlativas, aunque embozadas, porque
eltiempo que le tocó vivir lo requería. Pero siempre el panfilismo—el«amor a todo»—, como él
decía, sobrenada en sus páginas. Yprincipalmente en su labor, tardía, de novelista.
Las novelas de Valera aparecen en dos etapas. En la primera, en loscinco años que median
entre 1874 y 1879, se publican Pepita Jiménez,Las ilusiones del doctor Faustino, El comendador
Mendoza, Pasarsede listo y Doña Luz, en una racha de excepcional intensidad; teníaValera por
entonces entre cincuenta y cincuenta y cinco años, y en ladedicatoria que antepuso a El
comendador Mendoza figuran lasconfidencias que cité al comienzo. De haber continuado a ese
aire, donJuan Valera hubiese escrito tanto como Galdós—el más grande de losnovelistas
españoles, y no sólo en cantidad—y su vida y su obra seríanotras. Mas, a pesar del esfuerzo del
autor y de la benévola aceptacióndel público, las cuentas domésticas no cuadraban, se acentuaba
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