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Juanita la Larga

inclinación había duradobastante. Al fin, la voluntad sometida llevó, aunque tarde, a latertulia de
los poyetes a toda la persona de don Paco.
La pícara casualidad hizo que al bajar don Paco subiese Juanita, segúnhemos dicho.
Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero sin luna. Lasestrellas, si resplandecían en el
éter infinito, vertían muy débil luzsobre la tierra. Acrecentaban la oscuridad, en el punto en que
ambos seencontraron, algunos frondosos árboles que allí había y el alto valladode zarzamoras y
de otros arbustos que se extendía a un lado y a otro porcasi todo el camino.
Juanita era muy distraída e iba además pensando en sus travesuras demuchacha. Don Paco era
también distraído. El mismo no sabía en quéestaba pensando. Era, además, algo corto de vista.
Lo cierto es que no repararon uno en otro al venir en opuestasdirecciones, ni oyeron el ruido
de los pasos. Chocaron, pues, y sedieron un buen empellón.
—Caramba, hombre—dijo Juanita—, mire usted por dónde va y no camine aciegas; por poco
me tira el cántaro.
Don Paco, que conoció a Juanita por la voz, contestó con mucha dulzura:
—¡Perdona, hija mía! ¿Te he hecho daño? Ella, que también conoció a donPaco en seguida,
replicó riendo:
—¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues qué, ¿soy yo acaso dealfeñique?
—No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si en algo eres dealfeñique, no es por lo
quebradiza, sino por lo dulce.—Entonces seréturrón de Alicante: dulce, pero duro.
—Y vaya si me ha parecido duro.
—Si advirtió usted dureza, hablará sólo de su dulzura por adivinanza.
—Pues qué, ¿no podría yo probarla?
—Ya está usted viejo, don Paco, y no podría meterle el diente.
—Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tancabales y fuertes, que si
se tratase de mordiscos, hasta en una piedralos daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino
más blandas y amorosasdemostraciones.
—¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué demostraciones ha de hacerusted, si puede ser
mi abuelo?
Y como don Paco seguía plantado delante atajándole el camino, Juanitacontinuó:
—Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. ¿Qué diría lagente si le ve y le
oye hablar aquí y requebrar en la oscuridad a unamocita? Capaz será de decir que ha perdido
usted la chaveta y que nosirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrés.
Don Paco se apartó entonces y dejó pasar a Juanita; pero en vez dedirigirse hacia la fuente, se
volvió, siguiéndola, hacia el lugar.
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