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Juanita la Larga

principal de Juanita era coser ybordar, para lo cual había desplegado aptitud superior a la de su
madre.
Juanita no tenía que emplearse en más bajas ocupaciones. Sin embargo,ora fuese por
candorosa coquetería, o sea por deseo de lucir lagallardía de su persona, deseo de que no se daba
cuenta, ora porqueJuanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar laenergía de
su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisieteaños, gustaba de ir por agua a la
fuente del ejido, allanándose a veces,a pesar de la desahogada posición de su madre y de ella, a ir
alalbercón a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía ella, oaparentaba temer, que
manos más rudas que las suyas la estropeasen.
La verdad era que esto de ir al albercón y a la fuente, más que fatigaera recreo y solaz para
Juanita, la cual divertía a las otras muchachascon sus agudos dichos y felices ocurrencias, las
hacía reír a casquilloquitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas.
Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensión de la palabra. Lasfaenas caseras no habían
estropeado sus lindas y bien torneadas manos, yni el sol ni el aire habían bronceado su tez
trigueña. Su pelo negro,con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No ponía en él niaceite
de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino aguasola con alguna infusión de
hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lollevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza,
que, atadaluego, formaba un moño en figura de dos triángulos equiláteros, que setocaban en uno
de los vértices.
Como Juanita decía que «cabeza loca no quiere toca», casi siempre iba ala fuente sin pañuelo
en la cabeza, luciendo así el primor y lapulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada
que estaba lacabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado por algunos ricillosmenudos que se
sustraían a la cautividad en que tenía el moño los máslargos cabellos. Por delante, recogido el
pelo, dejaba ver la tersafrente, recta y chiquita, y sobre las sienes tenía grandes rizossostenidos
con horquillas que llaman por allí caracoles, por debajo delos cuales había una suave patillita,
que no fijaba contra la cara conzaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas,
sino quedejaba flotar libremente en vagas sortijas o más bien alcayatas dondecolgar corazones.
La misma libertad en que se había criado, y el constante ejerciciocorporal, ya en útiles faenas,
ya en juegos más de muchacho que de niña,habían hecho que Juanita, aunque no tenía la santa
ignorancia ni habíavivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madrescelosas,
no hubiese pensado todavía en cosas de amor. Era buscada,requebrada y solicitada por no pocos
mozos; pero, brava y arisca, sabíadespedir huéspedes, imponer respeto y tener a raya a los más
atrevidos.
Sólo se le conocía una inclinación que desde la niñez persistía en ellacon constancia; pero esta
inclinación, al menos por su parte, más que deafecto amoroso tenía trazas de fraternal cariño.
Quien lo inspiraba,compartiéndolo sin duda por menos inocente estilo, era Antoñuelo, elhijo del
maestro herrador y sobrino del cacique, quien tenía en el lugarmuy humilde parentela.
Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy simpático, aunque decortos alcances, y
decidido para todo, y singularmente para admirar aJuanita, a quien consideraba y respetaba,
sometiendo a ella toda suvoluntad como por virtud de fascinación o de hechizos.
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