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Juanita la Larga

—¡Ta, ta, ta, ta, ta!—contesta don Alvaro. Si por señas se queja delestómago o del vientre,
que le muge como si tuviera allí, no unaborrega, sino dos o tres becerras, doña Inés exclama:
—Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotón desiete suelas; pero ya, hijo
mío, no estás para eso. Tus fuerzasdigestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que
seas sobriosi no quieres reventar el día menos pensado.
Y don Alvaro responde:
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!
Calvete, que ha pasado de zagalón a ser un mozo muy gentil y brioso, quees al mismo tiempo
travieso y más malo que la quina, viendo que donAlvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya
que ni habla ni escribe,se deleita a menudo en ponerle furioso.
Para ello acude a Serafina, que está muy frescachona y floreciente y quesigue tan regocijada
como en su primera juventud. En las barbas de donAlvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar
amorosamente conSerafina; y don Alvaro, fuera de sí, con espumarajos en la boca, gritacomo un
energúmeno:
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!
Y cada «ta», por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centónde blasfemia y una
letanía de maldiciones.
Doña Inés suele acudir entonces, y dice:
—¿Por qué chillas tanto, diantre de hombre? Lo que tú padeces nada valeen comparación de la
hiel y vinagre que dieron a Cristo. ¿Piensas tú quechilló nunca Job en el muladar tanto como tú
chillas ahora? ¡Sufre yganarás el cielo!
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!—dice don Alvaro, algo resignado. Doña Inés sueletambién moverse a
compasión y dice a Calvete:
—¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el señor se distraigay regocije.
Y contesta Calvete:
—Pues si las hago a manta y el señor rabia y chilla más. Como está tanjaquecoso....
Y exclama don Alvaro:
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!
Se cuenta en el lugar—casi no queremos creerlo—que cuando está donAlvaro muy mal y
siente físicamente muchos dolores arma tan incesante yfatigosa retahíla de «ta, ta, ta», que aburre
a todo el mundo, alborotala casa y hace que doña Inés pierda la circunspección y la paciencia
queella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:
—Cállate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sinjusto motivo te castiga.
No te verías así sí no hubieras tenido una vidatan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un
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