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Juanita la Larga

—¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás enla boda su padrino?
—Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.
—¿Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencory pagándome
como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimacióncon que te miro?
—Seré tu mejor amigo, como lo mereces.
Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés,que se levantó también,
algo maltrecho, mohíno y humillado por laderrota.
Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación,y entre cándida y
maliciosa inventó desatinos para disimular o explicarsu triunfo.
—No te aflijas—dijo—. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: alpropio Goliat. No soy
yo quien te ha vencido, sino el demonio queahogaba a los impuros novios o amantes de la que
fue luego mujer deTobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que esmuy
devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en eldesierto en que ha estado, y
con el auxilio del arcángel le desató y leenvió a esta casa para que me defendiese. Por él
estuviste poco ha, yvolverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morirahorcado
como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero nopienses más en eso. ¡Qué lástima
si hubiera dado yo, sin querer, un díade luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no
debemos pensarsino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una bravabatalla.
Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a lavez, tú a mí y yo a ti:
Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente;
con tu espada y con tu trato
me has cautivado dos veces.
Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuyaque antes.
Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos a don Andrés, máscariñosamente y con mayor
confianza que la vez primera. Luego añadió:
—Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de poco, a las diez ymedia, para que, en
presencia de mi madre y de varios amigos, secelebren con don Paco mis esponsales.
—Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré aquí, para rescate de mipariente Antoñuelo, a
quien tanto o más que tú tengo obligación deproteger, los ocho mil reales que hay que dar al
tendero murciano.
—Ya está arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.
—Pues aunque no los necesites, quédate con ellos, y tú y don Pablocontad con otros ocho mil
más, que os daré como regalo de boda.
Dicho esto se fue don Andrés a la calle, no sin besar galantemente, aldespedirse, la linda mano
que había estado a punto de estrangularle.
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