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Juanita la Larga

sustento? Todos memenosprecian, me tratan mal y piensan peor de mí. Hasta ahora lo hesufrido;
pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser atroz si esnecesario. En los mismos libros que tú
me has hecho leer no se ensalzasólo la servil mansedumbre de Rut, sino más, si cabe, la
ferocidad deJudit, que degüella al capitán de los asirios, y la espantosa hazaña deJahel, que
atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.
Notando Juanita que doña Inés se asustaba un poco al verla y al oírlatan bárbaramente bíblica,
prosiguió sonriendo:
—Pero no te apures ni te sobrecojas. No será menester tocar en talesextremos; no llegará la
sangre al río. Aunque será severa la lección queyo dé, no pasará a ser tragedia, y quedará en
sainete.
—Pero ¿qué piensas hacer, hija mía? ¿Qué frenesí es el tuyo?—preguntódoña Inés, muy
conmovida y cariñosa.
—Ya lo verás, si quieres—contestó Juanita—. Todo lo tengo pensado;mas no has de saberlo
como no lo veas.
—¿Y cómo? ¿Y dónde?
—Ven conmigo a mi casa. Sólo faltan algunos minutos para que llegue lahora de la cita. Con
tu presencia me infundirás valor.
—Eso ya es otra cosa—respondió doña Inés.
Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto que iba a tenercontribuyendo a chasquear a don
Alvaro, que acudiría muy ufano a la citay se encontraría en ella a su austera consorte.
En efecto, si el lance pasaba así, más que tragedia sería sainete.
Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible tentación de ver elsainete y aun de hacer en él
uno de los principales papeles.
—Está bien, Juanita—dijo—. Iré en tu compañía y te prestaré miauxilio. Muy fina prueba de
mi amistad te daré con esto, porque yotambién puedo comprometerme.
—Entendámonos—repuso Juanita—. Yo no quiero tu auxilio. ¿Qué méritotendría entonces mi
victoria? Tú no te comprometerás, porque te quedarásescondida y nadie sabrá que has estado en
mi casa. Y tampoco teexpondrás a ningún percance, porque verás los toros desde el andamio.
—Sí..., pero explícate...; no me hagas ir a ciegas...; explícate....
—Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darteexplicaciones, ni tú las
necesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón,échalo bien a la cara para que no te la vean. La gente
anda embelesadacon la procesión, que probablemente termina en este momento, y noreparará ni
en ti ni en mí.
Y hablando de esta suerte, la misma Juanita buscó un mantón, se lo pusoa doña Inés en la
cabeza y, llevándola por delante de sí, la empujó y lahizo andar.
Dominada doña Inés por aquella imperiosa criatura, se dejó llevar porella.
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