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Juanita la Larga

Raschid, héroe deLas mil y una noches, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra
dededicarla.
Claro está que para postre no habían de faltar los ineludibles pestiñosy que había de abundar el
vino para apagar la sed que causa la salconservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante
de las milristras de guindillas y de cornetas que en tal día se consumen.
Se esperaba, además, que llegase a tiempo de Málaga mucho cazón fresco,que Juana guisaría
y haría servir a todos, o bien solamente a losapóstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazón
suficiente para elvulgo.
Por último, Juana había prometido hacer un plato de su invención, con elque la gente menuda
se chupa por allí los dedos de gusto; plato quetiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en
lo humano, elmilagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogazapara pan
rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimójilien que ella rehogaba las livianas
tortillas después de haberlas frito, yen cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se
engullen condeleite. A este plato de su invención Juana dio el nombre dehartabellacos.
Prometía la cena del miércoles ser muy divertida, amenizándola con suschistes un criado muy
gracioso que tenía don Andrés y que hacía en todaslas procesiones el papel de Longino, soldado
fanfarrón y galante antesde dar la sacrílega lanzada y ciego después, que persigue al lazarillo,el
cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas yperrerías.
Lamentan algunas personas, pero yo no puedo menos de aplaudirlo en vezde lamentarlo, que
el señor obispo haya prohibido desde hace muchotiempo que salga en las procesiones otro
personaje que salía antes, milveces más cómico que Longino. Era este personaje José, el hijo de
Jacob,porque, según decía el vulgo, no era ni fu ni fa. No era ensabanado,porque, como primer
ministro y favorito que había sido de Faraón, nopodía vestirse pobremente con sábanas. Y no era
tampoco encolchado,porque iba sólo con la túnica y no llevaba colcha, o sea, manto o capa,a fin
de indicar que la mujer de Putifar se había quedado con ella. Elque hacía de José solía ser el más
chusco de los campesinos, queaparentaba asustarse al ver muchachas bonitas en los balcones, y
ya setapaba los ojos para no verlas, ya huía haciendo contorsiones y dandochillidos.
Menester es confesar que hizo muy bien el señor obispo en prohibir laaparición de esta figura,
dado que sea exacto lo que se cuenta y que nose exageren los melindres y chistes del fingido
casto José. Comoquieraque ello sea, el punto se puede pasar por alto, porque no es de
losesenciales en esta historia.
Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola y sin su madre casi losdos días enteros y tuvo
que esperar hasta las diez de la noche delMiércoles Santo para poder hablar a su madre con
reposo.
Por eso Juanita había citado a don Paco en casa de ella para media horadespués, para las diez y
media.
Ahora me incumbe referir aquí, sin más digresiones, los casos memorablesen que intervino
Juanita hasta que llegó dicha hora.
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