doñaAgustina. Otras veces, recordando ciertas mañas, usos y costumbres quehabía tenido en su
venturosa y libre niñez, sentía el prurito de agarrara aquella señora y, según solía hacer in tilo
tempore con otras niñasde su edad y aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena mano
deazotes.
Pero si Juanita era brava, también era discretísima; y firme en suspropósitos de ser prudente,
se refrenaba y se vencía. Por coincidencia,y aunque ella no hubiese leído el soneto de Lope,
concebía imágenespastoriles y acaso se figuraba a doña Agustina como a una mayorala
orabadana que llevaba en pos de sí, atado con un cordón, el manso queella, la zagala Juanita,
había cuidado con esmero, dándole de su sal apuñados. Y entonces se le antojaba decir a doña
Agustina: «Suelta elmanso, que es mío; déjalo en libertad, y verás cómo viene a mí.
Que aún tienen sal las manos de su dueño.»
Sin embargo, Juanita se limitaba a cavilar y a recelar, permaneciendoinactiva. Todo lo que
entonces hubiese hecho en contradicción con losdos proyectos de doña Inés del casamiento de su
padre y del monjío deella, hubiera sido la más audaz rebelión contra la tiranía de la reinaabsoluta
de Villalegre, y a don Paco y a ella los hubiera puesto enpeligro de tener que emigrar, como
Adán y Eva, expulsados del Paraíso.
Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por más que le doliese elrecelo de que doña
Agustina le quitase a don Paco, no quería, llamándolea sí, acudir al punto a evitarlo y quedarse
con la duda de que él, nollamado, hubiese podido ceder y entregarse a otro dueño.
Como en el lugar entendía todo el mundo que cualquier decreto de doñaInés infaliblemente
había de cumplirse, y como se divulgó que estabadecretado el casamiento de don Paco y de doña
Agustina, apenas quedópersona que no lo diese ya por cosa hecha. No sé encarecer
cuanfieramente soliviantaba esto y enojaba a Juanita.
Todavía, sin embargo, disculpaba a don Paco recordando que ella le habíadespedido y que él
no tenía que guardarle fidelidad. Pensaba en que élobservaba quizá un prudente disimulo
parecido al que ella observaba; yde esta suerte se avenía a perdonarle que no se rebelase contra
doñaInés; que fuese tan obediente que de diario viniese a la tertulia; queno pocas noches, según
Juanita averiguó, cumpliendo don Paco con elmandato de su hija, acompañase a doña Agustina
hasta su domicilio, paraque no fuese sola con la criada que venía en su busca, y que tal vez
semostrase cortés y galante con doña Agustina para que doña Inés norabiara.
Con tal moderación discurría a veces Juanita, pero con más frecuenciaperdía la moderación y
se ponía hecha un veneno.
Entonces calificaba a don Paco de inconsecuente, de voluble y deinteresado; procuraba
aborrecerle o despreciarle, y se sentíapredispuesta, tentada y ansiosa de tomar represalias.

