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Gatsby
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XXV
Por dicha no se apresuraba doña Inés para que el plan del monjío deJuanita se realizase, y así
le daba tiempo de apercibirse a la rebelióncon fuerza bastante para sacudir el yugo sin
menoscabo de sus interesesy proyectos.
Si bien doña Inés sentía y confesaba que iba a hacer un inmensosacrificio al desprenderse de
Juanita, única mujer que la comprendía enel mundo y que podía ser su compañera, en manera
alguna queríaprescindir de este sacrificio, que le daría honra entre los mortales yque Dios lo
tendría en cuenta para pagárselo en el cielo. Persistía,pues, con firmeza en su plan, pero lo
retardaba, y mientras lo retardabalo iba completando en sus pormenores, consultándolo todo con
el padreAnselmo.
Decidió doña Inés pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilabaaún era sobre el
convento en que debía ponerla. Después de haberdesechado muchos, pensó en uno que hay en
Ecija, con cuya abadesa secarteaba, porque era allí donde se hacían los célebres bizcochos de
yemaimitados por Juana la Larga. Afirmaba doña Inés que toda persona quetenía buen paladar
reconocía al punto la imitación de Juana, porquecarecía del quid divinum que hay en los
legítimos, prestándoles tansoberano sabor, que si con grosero y material supuesto
pudiésemosimaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algún mensajede arriba,
tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que nocomerían otra cosa que los tales
bizcochos de yema hechos por lasmencionadas monjas.
A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qué doña Inésdesistió de que Juanita
fuera al convento de Ecija, y hubo de fijarse alfin en las Comendadoras de Santiago, en Granada,
donde, si no se hacenaquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejoresalmíbares
de toda Andalucía. Mientras trazaba y preparaba doña Inés todoesto en favor de Juanita, de quien
se había declarado protectora ydirectora, su cariño hacia la protegida y la discípula iba creciendo
másy más, dando de sí raras muestras y combinándose en él lo sagrado y loprofano.
Un día estuvo doña Inés tan sentimental, que deshizo el peinado deJuanita, admiró su
abundante, undosa y suave mata de pelo, la besóvarias veces, calificó de horrible desacato el que
las manos rudas eimpuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, yse la
figuró ya como cortada al pie del altar el día en que Juanitaprofesase, rogándole que para
entonces se la legase a ella, porque ellala conservaría como reliquia del más subido precio.
Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición de doña Inés, y, casicon lágrimas de gratitud
en los ojos, prometió a doña Inés que la matade pelo sería suya cuando se la cortase.
Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanitaestaba casi todas las
tardes en casa de doña Inés, no yéndose de su ladoo de su casa hasta pasada la hora en que solían
venir los señores de latertulia.
Algunos de estos veían a Juanita en la antesala, y como allí estaba sincubrirse la cabeza y sin
ocultar y dar sombra a la cara, con el mantónmuy echado hacia adelante, según el recato y el
 

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