muy bien los atrevimientos dedon Alvaro y sus persecuciones a Juanita, y enojada y temerosa de
unausurpación de atribuciones, acudió a doña Inés con el soplo.
Al principio no dio doña Inés grande importancia a la acusación; pero enaquellos últimos días
la renovó Serafina con tal vehemencia einsistencia, que doña Inés se puso sobre ascuas.
Se puso como se pondría apasionada jardinera si viese que un sapo u otrobicho feo y viscoso
tratara de deshojar o marchitar la planta floridaque más la deleitase.
Doña Inés estaba furiosa contra el sapo y llena de miedo también de que,interviniendo el
diablo, que todo lo añasca, pudiese conseguir el saposu detestable propósito. La misma inocencia
de Juanita y la libertad yel abandono en que vivía, sin el arrimo y el consejo que suele prestar
laprudencia de una madre, aumentaban el sobresalto de doña Inés. De aquíque ahora estuviera
impaciente por consumar su sacrificio de separarsede la muchacha enviándola a un convento
cuanto antes mejor.
De harto mal talante, y a fin de no faltar a la costumbre convertida yaen deber, Juanita acudió
a casa de doña Inés para las lecturas ycoloquios que ambas tenían a solas.
Aquella tarde no hubo lectura, a pesar de los nuevos libros devotos quedoña Inés había
recibido.
La agitación de la ilustre señora no le consentía leer ni tratar denada que no estuviese en
inmediata relación con el punto o que no fueseel punto mismo que la traía tan inquieta y azarada.
Lo que hizo doña Inés fue extremarse con Juanita en demostraciones decariño. Ella misma se
calificó de pastora y apellidó a Juanita inocentecordera, dándole a entender, casi con lágrimas y
con entrecortadossuspiros, el fundado temor que la afligía de verla entre las uñas y losdientes del
lobo. Persistiendo en su metáfora pastoril, exclamó:
—Sí, hija mía; mi dolor sería inmenso si por imprevisión y descuido tedejase yo caer entre las
garras de la infame bestia que anhela devorartey viese el cándido vellón de la cordera teñido en
sangre y manchado conla impura baba del monstruo. Es menester que yo te defienda y te
pongaen salvo. Por mí sola no puedo vigilarte. Lo que puedo hacer, y haré, esconducirte pronto
al redil, donde irás dócil y estarás segura. Noacierto a encarecer, ni tú acertarás a figurarte cuan
inmenso será misacrificio al separarme de ti, porque eres mi consuelo y mi encanto.Pero Dios
quiere que nos separemos y tendré que conformarme con suvoluntad.
Juanita, más sorprendida que asustada, abría mucho los ojos y no sabíaqué responder ni qué
pensar de todo aquello. Seguía silenciosa y sólodecía para sí:
«¿Qué monstruo será este que, según doña Inés, trata de devorarme?¿Sabrá ella que don
Andrés me persigue y me solicita, y le llamará poreso monstruo e infame bestia? Como quiera
que ello sea, yo no me atrevoaún a decirle que no me da la gana de ir al redil y que fuera de él,
