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Gatsby
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XXXVII
Todo estaba revuelto aquel día en la parte baja de la casa del cacique.Se entregaba la gente a
diversos trabajos para preparar una gran fiestaque había de realizarse al otro día, Miércoles
Santo. La procesión,preámbulo de las otras, y que debía ser en dicho miércoles por la tarde,era
dirigida y costeada todos los años por el señor don Andrés Rubio,hermano mayor de la más
importante Cofradía.
Habían de salir en esta procesión tres obras maestras de escultura, tanpesada cualquiera de
ellas que para llevarlas en andas por las callesera menester un ejército de nazarenos.
La primera escultura representa al Señor de la Pollinita; Jesús cabalgasobre el humilde animal
y entra triunfante en Jerusalén.
El pueblo, compuesto de gran número de nazarenos, de soldados romanos yde judíos, debía
marchar delante de la referida imagen con palmas y congrandes y frondosas ramas de olivo.
Después, precedida de todos los ensabanados, encolchados y jumeonesque se pudiese, tenía
que salir la Cena, cuyo peso es enorme, puesconsta la imagen completa de trece figuras de
tamaño natural, y de lamesa, que algo pesa también y que va cubierta y adornada de flores, delas
más exquisitas frutas que desde el otoño han podido conservarsehasta aquel día con el mayor
esmero, y de un elevado y complicadísimoramillete de dulces, donde echa el resto el más listo e
ingenioso de losconfiteros.
En pos de la Cena, y precedida también de mucha gente, había de salirla Oración del Huerto,
donde Cristo ora de rodillas; un ángel quequiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje
de un olivo,ofrece a Cristo el cáliz de la amargura, y los discípulos yacen portierra dormidos.
Terminada la procesión, el señor don Andrés tenía que echar el bodegónpor la ventana y dar
de cenar a los apóstoles, a los profetas, a losantiguos personajes bíblicos, a la plebe de Jerusalén,
a los nazarenos ya la guarnición romana.
Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestasal público el martes, no
en las iglesias, sino en una inmensa sala bajaentapizada de rojo damasco, adornada de
cornucopias, flores y verdura, eiluminada por la noche con profusión de velas de cera.
Para cuidar de todo esto había elegido don Andrés a Juana la Larga,quien en los dos días del
martes y del miércoles apenas podía salir decasa de don Andrés e ir a la suya, a no ser a la hora
de recogerse adormir.
El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella debíacondicionar para toda
aquella tropa la espléndida cena de vigilia.Habría potaje de garbanzos con espinacas; como
principal plato deresistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato ligero o de chanzadelicada, una
exquisita alboronía, que pudiese celebrar, si resucitase,el mismo famoso cocinero de Bagdad,
que la inventó, dándole el nombre dela bella Alborán, sultana favorita del califa Harun Al
 

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