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Gatsby
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andarmetido. A menudo, sobre todo en las ferias, jugaba al monte y hasta alcañé; y lo que es
peor, era tan desgraciado o tan torpe, que casisiempre perdía. Para consolarse apelaba a un
lastimoso recurso: gustabade empinar el codo, y aunque tenía un vino regocijado y manso,
siempreera grandísimo tormento para una dama tan en sus puntos tener a su ladoy como
compañero a un borracho.
Por último, aquel empecatado de don Alvaro, aunque tenía tan egregia ybella esposa, se dejaba
llevar a menudo de las más villanasinclinaciones, y en una o en otra de sus dos magníficas
caserías alojabacon mal disimulado recato a alguna daifa, por lo común forastera, quehabía
conocido y con quien había simpatizado, ya en esta feria, ya en laotra.
Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un modelo de perfección. Elpadre Anselmo no
ignoraba sus extravíos, contribuyendo esto a hacer másrespetable a sus ojos a la prudente y
sufrida señora.
Era tal la distinción aristocrática de doña Inés, que, sin poderremediarlo, hasta en su padre
encontraba cierta vulgar ordinariez que laafligía no poco; pero como doña Inés tenía muy
presentes losmandamientos de la Ley de Dios y los observaba con exactitud rigurosa,nunca
dejaba de honrar a su padre como debía, si bien procuraba honrarledesde lejos y no verle con
frecuencia, a fin de no perder las ilusiones.
En suma, don Andrés el cacique era la única persona que por naturalezaestaba a la altura de
doña Inés y era capaz de comprenderla y admirarla.Y digo por naturaleza, porque el padre
Anselmo, aunque por naturalezaera entendido, estaba, además, tan ayudado y tan ilustrado con la
graciade Dios, que comprendía como nadie el valor y las excelencias de doñaInés, y era muy
digno de su trato familiar, teniendo con ellapiadosísimos coloquios, en los cuales se desataba
contra la abominablecorrupción de nuestro siglo y contra la blasfema incredulidad queprevalece
en el día y que se va apoderando de todos los espíritus.
III
Sin el menor artificio he presentado ya a mis personajes, a varios delos personajes principales
que han de figurar en la presente historia;pero me quedan dos todavía, de los cuales conviene dar
previamentealguna noticia.
Don Paco, según hemos dicho, era un hombre enciclopédico, de variasaptitudes y habilidades;
la mano derecha del cacique y la subordinadainteligencia que hacía que en el lugar la soberana
voluntad del caciquese respetase y cumpliese.
Había, sin embargo, en Villalegre otra persona, que en más pequeñaesfera y en más reducidos
términos, si no competía, se acercaba mucho almérito de don Paco por la multitud de sus
conocimientos y habilidades ypor lo hacendosa y lista que era.
Hablo aquí de la famosísima Juana la Larga. Imposible parece que estamujer atinase a hacer
bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho,pero no se ha de negar que con fruto. Tenía casa
 

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