Ora andando, ora parándose a reposar, se le pasó todo el día y llegó susegunda noche de
vagabundo. No sabía dónde se hallaba; pero creyó que sedespertaba en él una vaga reminiscencia
de aquellos sitios. Era unadilatada dehesa o coto, donde había de haber abundancia de conejos
yliebres. El terreno era quebrado y cubierto de matas o monte bajo. Sóloa trechos descollaban
algunos pinos, hayas y encinas.
Pronto la oscuridad lo envolvió todo. Aunque no llovía, estaba muynublado, y él distinguía
confusamente los objetos. El silencio eraprofundo. Lo rompía sólo, de cuando en cuando, tal cual
ráfaga de vientosuave que agitaba las hojas, o alguna liebre que brincaba o atravesabacorriendo
por entre las matas.
No sé cómo reconoció o creyó reconocer don Paco que se hallaba en aquelmomento más cerca
de Villalegre; que se hallaba a menos de dos leguas dedistancia, en un coto propiedad de don
Andrés y donde don Andrés solíavenir a cazar.
Se afirmó más en esta idea al ver de pronto una lucecita que a ciertadistancia brillaba en las
tinieblas, según sucede a menudo a los niñoscuando en los cuentos de hadas se extravían en un
bosque.
Don Paco era valeroso y no propendía, sin ser incrédulo, a recelarfrecuentes y medrosas
apariciones de vestigios, de almas del otro mundoo de otros seres sobrenaturales. En aquella
ocasión, sin embargo, tuvosu poquito de miedo, pero lo venció y caminó resuelto y derecho
hacia laluz para ver lo que era.
Se había fundado su miedo en que reconoció que la luz salía de la casitadel viejo guarda del
coto, el cual había muerto la víspera de la salidade don Paco de Villalegre, y era muy poco
probable que don Andréshubiese nombrado en seguida a otro guarda para donde apenas había
cosaque guardar. La casilla, en opinión de don Paco, tenía que estardesierta. ¿Quién había
encendido luz y estaba en la casilla? ¿Sería elalma en pena del viejo guarda, que tenía fama de
haber sido más quetravieso en sus mocedades y hasta bandolero acogido a indulto?
Don Paco se armó de valor y se dirigió a averiguarlo, contento detropezar con una aventura
que de sus desventuras le distrajese.
Sin hacer ruido, llegó don Paco a la casilla y vio que la puerta estabacerrada con cerrojo que
había por dentro. La luz salía por un ventanuchopequeño, donde en vez de vidrio había estirado
un trapo sucio pararesguardo contra la lluvia y el frío. Con el estorbo del trapo no sepodían ver
los objetos de dentro; pero don Paco se aproximó y reparó enel trapo tres o cuatro agujeros.
Aplicó el ojo al más cercano, que erabastante capaz, y lo que vio por allí, antes de reflexionar y
deexplicárselo, le llenó de susto. Imaginó que veía a Lucifer en persona,aunque vestido de
campesino andaluz, con sombrero calañés, chaquetón,zahones y polainas. La cara del así vestido
era casi negra, inmóvil, conespantosa y ancha boca y con colosales narices llenas de verrugas y
