La iracunda exaltación de Juanita no podía sostenerse y se trocó prontoen abatimiento y
desconsuelo.
—¡Ay Dios mío!—exclamó—. ¡Ay María Santísima de mi alma! ¿Qué va aser de mí si hace
él alguna tontería muy gorda, se tira por un tajo o semete fraile? Entonces sí que tendré yo que
meterme monja. Pero yo noquiero meterme monja. Yo no quiero cortarme el pelo y regalárselo a
doñaInés. Un esportón de basura será lo que yo le regale.
Y diciendo esto, rompió Juanita en el más desesperado llanto. Abundanteslágrimas brotaron
de sus ojos y corrían por su hermosa cara; parecía queiban a ahogarla los sollozos y se echó por
el suelo, cubriéndose elrostro con ambas manos y exhalando profundos gemidos.
La madre, que estaba acostumbrada a los furores de Juanita, no habíatenido muy dolorosa
inquietud al verla furiosa; pero como Juanita eramuy dura para llorar, y como su madre no le
había visto verter una solalágrima desde que ella tomaba, cuando niña, alguna que otra perrera,
sullanto de entonces conmovió y afligió sobre manera a Juana.
—No llores—le dijo—. Dios hará que parezca don Paco, y ni él seráfraile ni tú serás monja,
como no entréis en el mismo convento y celda.
En suma, Juana, llorando ella también, a pesar suyo, hizo prodigiososesfuerzos para calmar a
su hija, levantarla del suelo y llevarla a quese acostase en su cama. Al fin lo consiguió, la besó
con mucho cariño enla frente, y dejándola bien arropada y acurrucada, se salió de la
alcobadiciendo:
—Amanecerá Dios y medraremos.
No quiero tener por más tiempo suspenso y sobresaltado al lector y enincertidumbre sobre la
suerte de don Paco.
Nuestro héroe, en efecto, había tenido el más cruel desengaño al verprimero a Juanita,
acompañada por don Andrés, atravesar a oscuras lascalles, charlando y riendo, y después al
presenciar la última parte delcoloquio de la antesala y el animadísimo fin que tuvo en los abrazos
yen los besos.
No quería conceder en su espíritu que Juanita fuese una pirujilla, y, noobstante, tenía que dar
crédito a sus ojos.
Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda aquella noche en latertulia de su hija. Jugó al
tresillo para no tener que hablar; hizomalas jugadas y hasta renuncios, por lo embargado que le
traían susmelancólicas cavilaciones; apenas jugó una vez sin hacer puesta orecibir codillo, y
perdió quinientos tantos, equivalentes a cincuentareales.
De mal humor se volvió a su casa antes que nadie se fuese.

