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Don Andrés Rubio, entre tanto, seguía viniendo todas las noches en casade doña Inés, y
Juanita, con no aprendida coquetería, le echaba miradasextrañas, miradas de aquellas que
parecen escritura misteriosa, donde lamisma persona que ha escrito ignora o tiene idea confusa
de larevelación que hace y donde el que lee cree leer la revelación y concibedulces esperanzas.
De las miradas se pasa a las palabras con suma facilidad, y don Andrés,procurando hallar
siempre sola a Juanita, se acercaba a ella al ir aentrar en la tertulia y le disparaba a boca de jarro,
como si fuera suboca la ametralladora del dios Cupido, un diluvio de flores y unadescarga
cerrada de piropos ardientes.
Ella, más cauta en el hablar que en el mirar, ya bajaba los ojos y seesquivaba sin responder, ya
respondía con desvío, si bien templado ydulcificado por el respeto y por la afectuosa
consideración quepersonaje de tantas campanillas no podía menos de inspirarle. Tampocoatinaba
Juanita a disimular el contento consolador que tamaña lisonja ytales halagos ponían en su pecho.
—Repórtese vuecencia—decía—, y no se burle de una pobrecita muchacha.¿Cómo he de creer
yo que guste vuecencia de mi ordinariez cuandovuecencia está acostumbrado a tantas
delicadezas y a tantas finuras?Vuecencia ha dado prueba de tan buen gusto, que... vamos, yo no
quierocreer que tenga ahora estragado el paladar. Déjeme, señor, sosegada; notrate de sacarme de
mis casillas. ¡Jesús!, bonita se pondría doña Inéssí llegase a entender que vuecencia andaba
requebrándome y que yo le oíafaltando al decoro que se debe a esta casa tan respetable.
Y con estas palabras o con otras por el estilo se apartaba Juanita dedon Andrés y se iba a otro
extremo de la antesala.
Cuando don Andrés la perseguía, Juanita se fugaba por los corredores.
Don Andrés cesaba en su persecución para evitar que le viesen.
Deplorando lo poco o nada que adelantaba en la campaña en que se habíaempeñado, y no
queriendo ser otro Fabio Cunctator, apeló a más eficazestrategia y se apercibió para emboscadas
y asaltos. En vez de buscar aJuanita en la antesala, la aguardó en el zaguán, sin entrar en la
casahasta que saliese Juanita para irse a dormir a la suya.
Juanita no temía a nadie ni nadie se le atrevía, y se iba sola, aunquelas calles estuviesen
oscuras. Su casa, además, no estaba lejos.
Don Andrés no quiso hacerse el encontradizo; confesó con franqueza quela estaba aguardando
y la acompañó varias noches seguidas, aunque ellasiempre lo repugnaba.
Pasmosos fueron el arte que empleó Juanita y el ingenio y la energía devoluntad que supo
desplegar para tener a raya a don Andrés y conseguir,sin romper con él por completo, que no se
viniese a las manos. El geniode ella, de ordinario alegre y burlón, y la facilidad que tenía
paraecharlo todo a broma le valieron de mucho en aquellas circunstanciasdifíciles. Porque, a la
verdad, ella no quería que don Andrés seextralimitase, pero no quería tampoco que se le fuese, y
era arduoproblema y cuestión de milagroso equilibrio el mantenerse sin caer ni aun lado ni a
otro, yendo sin balancín como por una maroma de cuerdatirante.

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