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Juanita La Larga

copias exactas de la ruindad o de la perversidad de sumarido. Tan horrible pensamiento la
inclinará a ser infiel o laarrastrará a la locura.
Esto, con adornos y variantes, era lo que decía doña Inés casi de diarioa su amiga y
acompañante, sentando premisas, pero sin sacar por lopronto consecuencia alguna.
Otras veces le describía con viveza y con sombríos colores la corrupciónde nuestro siglo, el
bajo nivel en que estaban las almas, lasmezquindades y maldades del mundo y lo agradable y lo
conveniente quesería retirarse de él, en vista de que no puede satisfacer ninguna denuestras
nobles aspiraciones.
Afirmaba doña Inés que ella había deseado y deseaba siempre buscar unsanto retiro; pero ya
que no podía ser por las mil obligaciones quehabía contraído y que le era indispensable cumplir
por enojosas quefuesen; porque tenía hijos que criar y educar, marido de que cuidar yhacienda
que ir conservando y mejorando, a fin de transmitirla a los quehabían de heredar un nombre
ilustre, que deslustrarían al quedarhuérfanos y abatidos por la villana pobreza.
En resolución, doña Inés quiso persuadir a Juanita, y me parece quehasta logró persuadirse
ella misma, de que deseaba ser monja, de que porimposibilidad no lo era y de que hacía un
sacrificio en no serlo.
De todo ello acabó por deducir y por declarar, como lógica solución, queJuanita debía huir de
los peligros, miserias y adversidades de estasociedad corrompida, la cual no merecía gozar de su
presencia, y quedebía refugiarse en el claustro mientras permaneciese en la tierra, yaque la tierra
no la merecía y ya que por su valer, para el cielo, sinduda, estaba predestinada.
A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones de doña Inés, Juanitadistaba más cada día de
hallar peligroso el mundo (maldito el miedo quele tenía ella), no lograba persuadirse de que la
sociedad fuese tanviciosa y tan mala, ni de que el enamorarse y el casarse pudieranacarrear
tamañas desventuras. De aquí que no tuviese la menorinclinación ni vocación a la vida
monástica. Pero como a doña Inés se lehabía puesto en la cabeza que ella fuese monja, y cuando
formaba un planera punto menos que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se veíamuy
apurada.
A cada momento sentía el conato de echarlo todo a rodar y de declarar adoña Inés que Dios no
la llamaba por el camino por donde ella quería quefuese. Se contenía, no obstante, a fin de no
armar la de Dios es Cristo,de no perder en un minuto cuanto había conseguido trabajando más de
unaño y de no verse de nuevo en guerra con los poderes constituidos y contoda la población que
respetaba y obedecía a dichos poderes.
Juanita no dijo que sí; no aceptó lo del monjío, pero no dijo que no;pronunció frases vagas o
se calló y bajó la cabeza.
Tomando doña Inés para regla de interpretación el refrán de «quien callaotorga», dio por
sentado que Juanita estaba decidida a entrar en unconvento, y ya, en su fantasía entusiástica, se la
representaba santa,cuya vida se intercalaría en las ediciones futuras del Año Cristiano.Doña Inés
dio parte de este triunfo al padre Anselmo, quien se llenó depiadoso júbilo, y aun se sintió
lisonjeado al prever que él figuraría enla vida de la nueva santa como el instrumento de que se
valía el Cielopara convertirla y glorificarla.
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