Si dejó de defenderla fue, no por cobardía, sino por maliciosa necesidadque acepta lo malo
como cierto. De todos modos, más valía así. Muchohubiera contrariado a Juanita que por sacar la
cara por ella hubierareñido Antoñuelo, resultando tal vez de la riña heridas o mayoresdesgracias,
que hubieran empeorado la situación.
—Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. He sido imprudentísima.Los que no me
conocen tienen algún fundamento para acusarme. Lasapariencias me condenan. Yo me resigno y
perdono a los que me acusan.Perdónalos tú también, pero no los creas. Tú, que me conoces de
toda lavida; tú, que sabes con qué pureza de afecto, con qué ternura de hermanate he querido y te
quiero aún, no debes, no puedes creer esas infamias;pues qué, ¿no comprendes que yo soy capaz
de querer a don Paco por elmismo estilo que a ti te quiero?
—Esa es grilla, esa es grilla—replicó Antoñuelo—. Tú, con tussutilezas y mentiras, quieres
volverme tarumba; pero no lo conseguirás.Te burlas de mí porque me crees bobo. No quiero
callar. Aunque me pongasel dedo en la boca, te morderé y no callaré. En adelante no quiero sertu
juguete. Quien te conozca, que te compre. Me han abierto los ojos. Yate conozco. Eres una
tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor que tú.
La última frase la decía Antoñuelo para desafiar también la cólera deJuana, que entraba en la
sala de vuelta de la cocina.
—¡Ay niña, niña!—dijo Juana—. ¡Qué paciencia la tuya! ¿Por quéaguantas los insultos de
este animal de bellota, las coces de este muloresabiado?
—Señora—replicó Antoñuelo—, mire usted lo que dice y no sedesvergüence conmigo, si no
quiere que me olvide yo de que es mujer y leponga las peras a cuarto o la emplume, como
merece.
Al oír esto Juana ya no contestó palabra, pero se precipitó sobre el quetan atrozmente la
ofendía Juanita se interpuso entre su madre y el mozo,a fin de evitar la lucha.
—Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas más en tu vida. Para míhas muerto. Quiero
olvidar hasta el santo de tu nombre. No tengo quedarte cuenta de mi conducta. Nada me importa
ni me aflige el ruinconcepto que formes de mí. Vete.
Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre su madre y el mozo,recelosa de que se
empeñasen en un combate tragicómico, fue empujandocon suavidad a Antoñuelo hasta la puerta
de la calle. Ella misma levantóel picaporte, abrió la puerta y echó de su casa al amigo de toda
lavida. Al hacer esto, en el rostro de Juanita se mostraba más bien latristeza que la cólera;
Antoñuelo, al mirarla tan digna, amainó en sufuror, no persistió en sus improperios, y se fue
cabizbajo y silencioso.
