vehemencia, o más bien lanzó centellas y rayos, discurriendomás por extenso sobre el lujo
femenino y encareciendo los males que deél proceden.
Al cuerpecito de una niña presumida y muy ataviada lo llamó colmena deLucifer, cuya miel
endulza el veneno, y de donde salen las abejas y loszánganos de punzantes aguijones, o sea un
maldito enjambre de vicios,pecados y sandeces.
Además de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hastaen los lugares
sagrados, turbando el sosiego de los espíritus eimpidiendo su elevación, se gasta para sustentar
dicho lujo más de loque honradamente se gana; se aceptan regalos de los pretendientes y seles
sonsaca el dinero. Dejándose ir, pues, por pendiente tanresbaladiza, las muchachas pobres que se
ponen muy majas dan confacilidad en busconas. «Bien lo comprendió así—dijo el padre—la
sabiay gloriosa reina doña Isabel la Católica, cuando se indignó al ver enunas fiestas que hubo en
Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda,y prohibió el uso de la seda a las que no fuesen
hidalgas yricashembras, lo cual fue providencia discretísima y moralizadora.»
En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel día: censuró el viciosin censurar al vicio, y
no designó ni aludió a nadie.
De esto se encargó la maliciosa envidia de las mujeres, excitada condisimulo por doña Inés.
Todas hicieron a la emperejilada Juanita blancode sus insolentes miradas. La consideración del
origen ilegítimo de lamuchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada
cualrecordó allá en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgaresque sostienen como
verdad la transmisión de la culpa por medio de lasangre: de tal palo, tal astilla; la cabra tira al
monte; quien lohereda, no lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y asíla madre, así
la hija y así la manta que las cobija.
No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas; pero apenaspudieron resistir la
muda y formidable tempestad que descargó sobreellas. Aparentemente estaba más conmovida la
madre. Juanita no mostróperder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de
queno había incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante,y la cólera por la
inmerecida afrenta bañaron sus mejillas en másencendido carmín. Y bajando ella la vista, veló
con los párpados y lasrizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que dos mal
reprimidaslágrimas humedecieron.
Al terminar la función acertaron madre e hija a escabullirse sin sernotadas y a volver
precipitadamente a su casa.
Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba,yendo y volviendo a
largos pasos en su salita, como leona en su jaula.
—¡Habráse visto—exclamaba—mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, laspu...ercas! Pues si
durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas lallevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y
