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Juanita La Larga

distinguidas ydoctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirtió otrointento que el de
evitar o reprimir el escándalo y el mal ejemplo que enel lugar se estaba ya dando.
Influido por estas ideas, había preparado el sermón que predicó aqueldía y que versaba, con
aplicación a las circunstancias, sobre el mismotema que él gustaba de tratar siempre: sobre la
corrupción de nuestrosiglo y sobre sus síntomas ominosos, que son alternativamente efectos
ycausas. Porque la falta de religión hace que se hunda la moralidad, comoedificio cuyos
cimientos se socavan, mientras que el excesivo regalo yel esmerado atildamiento del cuerpo
apartan a las almas de toda seriameditación diabólicamente hacia lo temporal y caduco, y
abrasándolas enel infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambición, lacodicia y la
lascivia, red que Satanás nos tiende, cebo con que nosatrae y anzuelo con que nos pesca y nos
lleva consigo para devorarnos.La incredulidad y la herejía nacen de la molicie y del lujo, y por
laambición y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.
El padre ilustró su doctrina con citas históricas. Los albigenses, aquienes convirtió Santo
Domingo con ayuda de Simón de Monfort, habíancaído en abominable herejía porque se
entregaban a los festines,elegancias y malas pasiones. Una pícara mujer que sedujo a Martín
Luterotuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversaAna Bolena fue el
medio de que se valió el diablo para apoderarse de losingleses, que eran antes fervorosos
católicos. La codicia había sido,sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda
revoluciónherética o impía empezaba con deportes, amoríos y relajación decostumbres, siempre
era la codicia la que lograba que triunfase,convirtiendo la revolución en cucaña, en cuyo extremo
superior se poníanlos bienes de la Iglesia.
—Tal vez—añadía el padre—las personas honradas y pacíficas andaránahora muy confiadas
imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes
que le quiten; pero ¡ay,cuán lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia
sepondrán, o se ponen ya en lo alto de la cucaña, los bienes de losparticulares ricos. Y aún habrá
menos escrúpulos para incautarse deellos, como ahora dicen, porque la incautación (socorrida
palabra parano emplear otra muy dura que cuadraría mejor) no será sacrílega.
Entonces el padre habló del socialismo, refutándolo y procurandodemostrar que cada una de
sus utopías es sueño y delirio insano. Segúnél, siempre habrá pobres y ricos, y figurándose ya la
revolución socialtriunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricosqueden
pobres; que algunos de los pobres más listos y audaces se haganricos y que la muchedumbre de
los pobres se aumente en número y padezcamayor miseria, porque gran porción de la riqueza se
habrá consumido odestruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si elorden
establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga ricoburlando el Código Penal, todos
trabajarán y se ingeniarán decentemente,por donde crecerán la riqueza y el bienestar; y los ricos
serán másricos y serán más, y los pobres serán menos pobres y menesterosos; yllegará el día, allá
en lo por venir, en que los pobres estén mejortratados que los ricos de ahora. Pero ahora y
entonces habrá clases yjerarquías sociales, y será justo que se respeten, porque las hay hastaen el
cielo.
Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoytantas personas por
salir de su clase y elevarse sin mérito suficiente:el tendero, sólo porque se enriquece, pretende
ser marqués; el usurero,duque; el sargento, general, sin ir a la guerra, y las
mozuelasdesvergonzadas, damas y grandes señoras. Contra todos estos abusosdisertó con
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