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Juanita La Larga

nacido.» Es decir, que, al cabo, en esta obra de plena madurez,reconoce el predominio de la vena
realista, pero mantiene que en ella nopretende demostrar nada oculto ni reservado.
Y, sin embargo, la aventura reiteradamente encarnada en ese determinadotipo de mujer que
Valera, se complace en describir y animar constituye,a mi entender, una tesis y su viviente
demostración. Contra el pesimismoy el determinismo propios del naturalismo, Valera nos
mostrará un mundoen el que la libre decisión y el optimismo alcanzan el triunfo. Todassus
heroínas tienen algo grave—a los ojos de la sociedad de sutiempo—que hacerse perdonar. Y lo
que Valera nos muestra es, por asídecirlo, de lo que es capaz una mujer si tiene resolución y
buenashechuras. Pobreza extrema y vileza de nacimiento cierran el horizontede Juanita, hija de
Juana la Larga, y le prohíben, por ejemplo, vestirsede seda, mas se trata de una criatura indómita
y... el lector va a verlaactuar por sí mismo en las páginas que siguen, y no debo adelantarle
lassorpresas que le esperan. Pero Valera profesaba ciertamente la religióndel arte, y esa y otras
tesis se hacen casi invisibles tras lasperipecias de los personajes y la prosa admirable que
constituye susobrehaz y su atractivo.
Es opinión compartida—a la que, en esta oportunidad, me sumo—queJuanita la Larga es la
mejor entre las novelas que escribió Valera. Lamultiplicidad de los personajes con relieve en la
trama, sin mengua delprotagonismo de la heroína; las sucesivas transformaciones de lasituación,
que sin interrupción reinician y amplían la historia; elrazonable reparto de bondad y malicia
entre los que hacen elpapel—inevitable—de buenos y malos; la perfección que alcanzan
algunosde los clisés, ya ensayados por el autor en anteriores producciones, sonalgunas de entre
las razones que lo justifican, y a las que me cabealudir en las contadas líneas de este prólogo.
PAULINO GARAGORRI
I
Cierto amigo mío, diputado novel, cuyo nombre no pongo aquí porque noviene al caso, estaba
entusiasmadísimo con su distrito y singularmentecon el lugar donde tenía su mayor fuerza, lugar
que nosotrosdesignaremos con el nombre de Villalegre. Esta rica, aunque pequeñapoblación de
Andalucía, estaba muy floreciente entonces, porque susfértiles viñedos, que aún no había
destruido la filoxera, producíanexquisitos vinos, que iban a venderse a Jerez para convenirse
enjerezanos.
No era Villalegre la cabeza del partido judicial, ni oficialmente lapoblación más importante
del distrito electoral de nuestro amigo; perocuantos allí tenían voto estaban tan subordinados a
un grande elector,que todos votaban unánimes y, según suele decirse, volcaban el pucheroen
favor de la persona que el gran elector designaba. Ya se comprendeque esta unanimidad daba a
Villalegre, en todas las elecciones, la másextraordinaria preponderancia.
Agradecido nuestro amigo al cacique de Villalegre, que se llamaba donAndrés Rubio, le ponía
por las nubes y nos le citaba como prueba yejemplo de que la fortuna no es ciega y de que
 
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