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Como ellas eran más finas que los jornaleros, ninguno se acercaba ahablarles, y como estaban
en más humilde posición que las ricaslabradoras, propietarias e hidalgas, la aristocracia las
desdeñaba. Elnacimiento ilegítimo de Juanita hacía mayor este aislamiento. Juanita notenía ya
una amiga. Entre los mozos, como había desdeñado a muchos, lospobres no se le acercaban por
ofendidos o tímidos, y los ricachos, quesi ella hubiera sido fácil hubieran porfiado por visitarla
en su casa,temían desconcharse o rebajarse acompañándola en público. Antoñuelo erael único
galán que aún se complacía en acompañar a Juanita; peroAntoñuelo andaba entonces muy
extraviado y se hallaba ausente en una desus correrías por los lugares cercanos.
Las mozas que solían ir por agua a la fuente del ejido, y los arrieros,pastores y porquerizos que
acudían a dar agua al ganado, considerandoque desde que Juanita dejó de ir allí se daba tono de
señora, no seatrevían ya ni a saludarla.
Toda la noche, o sea hasta que los fuegos terminaron, que fue ya cercade la una, madre e hija
permanecieron en la plaza, y hubieran estado sinotro acompañante que don Paco, si don Pascual,
el maestro de escuela, nose hubiera unido también a ellas.
Era don Pascual un solterón de más de sesenta años, delicado de salud,flaco y pequeño de
cuerpo, pero inteligente y dulce de carácter.
Desde que Juanita tuvo seis años don Pascual, prendado de su despejo yde su viveza, se había
esmerado en enseñarle a leer y escribir, algo decuentas y otros conocimientos elementales.
Juanita había tenido en el maestro de escuela un admirador constante yútil, porque había sido
para ella, a falta de aya, ayo gratuito ycelosísimo.
Ella, en cambio, hacía mucho honor a su maestro, pues tomando suslecciones en horas de
asueto y cuando la escuela estaba desierta demuchachos, salió discípula tan aventajada, que
avergonzaba a casi todoslos que a la escuela asistían.
Nadie sabía mejor que ella el Catecismo de Ripalda y el Epítome de lagramática. Nadie
conocía mejor las cuatro reglas.
Había aprendido también Juanita algo de geografía y de historia; y ya,cuando apenas tenía
nueve años, recitaba con mucha gracia variosantiguos romances y no pocas fábulas de
Samaniego.
Tiempo hacía que don Pascual no visitaba a Juanita ni a su madre.
Primero, las frecuentes visitas de Antoñuelo le habían espantado.Después le retrajo más de ir a
casa de las dos Juanas el saber que tantolas frecuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del
maestro queAntoñuelo y don Paco bastaban en aquella casa, y que si él iba estaríade non y sería
un estorbo.
Aquella noche pasó por acaso don Pascual cerca de Juanita, y esta sedirigió a él diciéndole:
—Buenas noches, maestro. ¿Qué le hemos hecho a usted, que tan caro sevende y que nos tiene
tan olvidadas?

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