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Gatsby
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con Antoñuelo, elhijo del herrador, y era la segunda la casi seguridad del furioso enojode doña
Inés cuando llegase a saber que él tenía un compromiso serio conJuanita. Doña Inés inspiraba a
su padre terror pánico, y siempre tratabade huir de su enojo como de una espada desnuda.
Su decidida afición a la muchacha saltaba, no obstante, por encima delos obstáculos, como un
corcel generoso salta la valla que se le hapuesto para atajar su carrera.
En resolución, combatido don Paco por harto contrarios sentimientos,aunque se propuso no
desistir de la empresa que había formado de maneramuy vaga, se propuso también proceder con
la mayor cautela y ser lo másladino que pudiese, aunque en estos negocios no le sucedía como en
losnegocios del Municipio, y el ser ladino no era su fuerte.
Así discurriendo, pasó don Paco revista a su ropa blanca. Vio que sólotenía media docena de
camisas bastante estropeadas y con muchoszurcidos. Y como esto era muy poco para él, persona
de extremado aseo,que, ¡cosa rara en un pequeño lugar!, se ponía limpia tres veces a lasemana,
decidió que estaba justificadísimo el mandar que le hiciesenmedia docena de camisas nuevas,
que le hacían muchísima falta, ¿Y quiénhabía de hacerlas mejor que Juanita, que era la costurera
más hábil deVillalegre? ¿Y quién había de cortarlas mejor que su madre, la cual, lomismo que
con el mango de la sartén en la izquierda y la paleta en ladiestra, era una mujer inspirada con las
tijeras en la mano y concualquier tela extendida sobre la mesa y marcada ya artísticamente
conlápiz o con jaboncillo de sastre?
Al día siguiente, decidido ya don Paco, acudió muy de mañana a casa deJuana la Larga, y le
mandó hacer seis hermosas camisas de madapolán conpuños y pechera de hilo, ajustándolas a
treinta reales cada una. Paraganarse la voluntad y excitar el celo de ambas Juanas, les llevó
donPaco, envuelto en un pañuelo y sin que los profanos viesen lo quellevaba, un cestillo lleno de
fresas, fruta muy rara en el lugar, y paramayor esplendidez sacó, además, del bolsillo del holgado
chaquetón quesolía vestir a diario, nada menos que tres bollos del exquisitochocolate que solía
hacer doña Inés en su casa, y del cual habíaregalado a su padre una docena de bollos de cuatro
onzas cada uno.
Juana la Larga, que era muy golosa y muy aficionada a que laobsequiasen, aceptó el presente
con gratitud y complacencia; pero comono era larga solamente de cuerpo, sino que lo era
también de previsión,y, si vale decirlo así, de olfato mental, al punto olió y caló laintenciones
que don Paco traía y sobre las cuales había ya sospechadoalgo.
IX
Reza el refrán, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana laLarga, sobre ser
honrada, rayando su honradez en austeridad para que seborrase la mala impresión de sus deslices
juveniles, era además, unamatrona llena de discreción y de juicio, y sabía que el
mencionadorefrán se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababade presentar,
en vez de no caber en un saco, el provecho no podía sersin la honra, y la honra tenía que producir
naturalmente el provecho.
 

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