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Juanita La Larga

nadieen el lugar lo sospechaba, y que el secreto hasta entonces se habíaguardado entre don Paco,
él y ella.
Muy satisfecho Longino del encargo delicadísimo que su señor acababa deconfiarle, prometió
hacer prodigios de destreza para que nada sedivulgase y para que todo se lograse. Informó,
además, a su amo de queRafaela, la criada de ambas Juanas, a quien él conocía, era muy
callada,muy lista y muy experimentada, porque frisaba ya en los cincuenta años yla había corrido
en su mocedad, y si bien la Fortuna siempre le habíasido adversa, ella sabía dónde le apretaba el
zapato.
—Otro gallo le cantara—dijo Longino—y no estaría de fregona si laFortuna no fuese tan
caprichosa y tan ciega.
Terminado este coloquio, todavía antes de salir de casa tuvo don Andrésotra conversación
interesante.
Quien habló con él fue una mujer que entraba a verle con frecuencia yque le traía y llevaba
recados de la señora doña Inés López de Roldán,sin duda para los negocios y obras de caridad
que ellos trataban yhacían juntos.
La interlocutora de don Andrés, ya comprenderá el lector que fueSerafina.
Venía a decirle que su ama quería hablar con él y que le rogaba quefuese a su casa a la hora de
la siesta.
Tan preocupado estaba don Andrés que, por más que el menor deseo de doñaInés fuese para él
soberano mandato, se excusó de ir por la multitud dequehaceres que le agobiaban y sólo
prometió ir a la tertulia por lanoche.
Para que doña Inés se entretuviese en su soledad o en compañía deJuanita la Larga, dio don
Andrés a Serafina dos bellísimos librosdevotos que acababan de reimprimirse en Madrid, y que
el librero Fe leenviaba, sabedor de las inclinaciones ascéticas y místicas de la señoraprincipal de
Villalegre. Eran estos dos libros Tratado de latribulación, de fray Pedro de Ribadeneyra, y La
conquista del reino deDios, de fray Juan de los Angeles.
Serafina dio a entender a don Andrés que su ama tenía grandísimacuriosidad de saber quién
había apaleado a Antoñuelo y por qué motivo. Yjuzgando don Andrés que la verdad era el mejor
disimulo en este caso,contó a Serafina, para que se lo refiriese a su ama, que don Paco,después
de haber vagado por extravagancia y capricho, descubrió elsecuestro del tendero murciano, y que
para libertarle, y aun paradefender la propia vida, tuvo que apalear al hijo del herrador,
sinconocerle hasta después, porque llevaba carátula. Todo se explicaba asícon la misma verdad,
y don Andrés alejaba de la mente de doña Inés hastala menor sospecha.
XXXIX
 
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