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Gatsby
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hiciera Juanitasería una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, queprobablemente no se
resignaría a sufrir y del que resolvería tomarvenganza.
A pesar de tales inconvenientes, don Andrés no se arredraba. Se sentíapicado de que a él,
omnipotente en Villalegre, se le desdeñase de aquelmodo. El mismo desdén estimulaba más su
deseo. Hasta por amor propioquería a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero
élno se la figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con él y le habíaprovocado. Era cierto
que, cuando la besó en la antesala, ella lerechazó con furia; pero ¿no fue, acaso, furia fingida
porque entró donPaco y le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que fue furiafingida.
«Ya veremos—decía para sí—si me rechaza donde y cuando esté ellasegura de que no entrará
don Paco a interrumpirnos.»
A pesar de su momentánea rivalidad, don Andrés quería de corazón a donPaco, reconocía todo
su mérito, apreciaba todos sus servicios y distabamucho de querer hacerle el menor daño. Lejos
de eso, lo que anhelabaera desengañarle en sazón y oponerse a su absurda boda.
De todos modos, a fin de precaverle contra el peligro de que don Paco nogustase de ser
desengañado, y de que en un instante de celosa locurallegase al extremo de apelar al garrote, don
Andrés, que de ordinario nollevaba armas, tomó un pequeño revólver de seis tiros y se lo guardó
enla faltriquera.
Antes de salir de casa, a eso de las diez de la mañana, habló don Andréscon el criado de mayor
confianza y más listo que tenía. Era susecretario, su ayuda de cámara, su confidente favorito y al
mismo tiemposu bufón, porque tenía mucho chiste: baste decir que hacía de Longino enlas
procesiones.
Don Andrés, recomendándole el más profundo sigilo y la mayor cautela,hubo de hablarle así:
—Deseo y necesito tener una entrevista a solas con cierta persona, quede seguro no querrá
venir a mi casa, al menos la vez primera, aunquedespués aprenda el camino y venga con gusto.
Posible es también quedicha persona se niegue a recibirme si yo directamente, o valiéndome
deti, pido a ella que me reciba. Importa, pues, que tú te dirijas a lacriada de dicha persona y
ganes su voluntad, con presentes o comoquieraque sea, para que ella hable con su ama y la
convenza y la incline adarme la cita. Quiero que esto sea en todo el día de hoy o en el demañana,
hasta las nueve de la noche. Durante este tiempo la ocasión espropicia y conviene no perderla.
Acaso ocurra que la persona que yopretendo me cite no se preste a confesar que accede a la cita
y gusta deaparentar que yo, por traición de su criada, entro, a pesar suyo, en sucasa y la
sorprendo. Para que nadie se entere, porque no quierodisgustar ni ofender a nadie, debe ser la
cita, y debo ir yo a ella,después de anochecido.
—¿Y quién es la persona que ha de citar a vuecencia y que gasta tantomelindre?—se atrevió a
preguntar Longino.
—Pues la persona—contestó don Andrés bajando más la voz—es Juanita laLarga.
Muy sorprendido se mostró Longino al oír esto, lo cual agradó sobremanera a don Andrés,
porque era prueba evidente del misterio y deldisimulo con que él hasta entonces había
perseguido a la muchacha.Cuando Longino no había sospechado lo más leve, era indudable que

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