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Incertidumbre

Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las
señoritas deBlandieres se ponían melancólicas.
Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de
la partida,Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire
triste:
—No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada
día me digo:¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor.
Mi madre no seexplica cómo puedo permanecer aquí tanto
tiempo. Había venido por quincedías. Me escribe carta tras
carta, llamándome. Yo debía haber ido abuscarla a Carlsbad y
pasar en seguida a cazar en el castillo de unosantiguos amigos.
Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en lafinca de
nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme
conella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya
usted acreer que es a causa de las diversiones de la playa; es
usted,exclusivamente usted quien me retiene. De estos días
pasados a su ladoconservo tal impresión de encanto que no
quiero salir de Etretat sin queusted me autorice a verla en París
lo más pronto posible. La señora deChanzelles ¿querrá
recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lodesea,
dígamelo para que yo no me vaya desolado.
—Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle
que tendrágran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que
lamentaría quelas agradables relaciones que hemos iniciado
aquí, quedaseninterrumpidas. Yo no hago amigos por tres
semanas; cuando los he elegidoes para siempre.
—¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me
permite teneresperanza, verdad?
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